Hará unos diez años que vi por primera vez el inmenso ejemplar. Fue en una famosa librería sobre la avenida Santa Fe, en Buenos Aires. Acababa de ser publicado y era imposible sospechar que apenas una década después gozaría de la condición de inencontrable sólo por la voluntariosa determinación de una viuda.  En aquel momento me conformé con tomarlo en mis manos, sentir su peso (más de un kilogramo), observar la portada y leer la cuarta de forro. No pude ni siquiera hojearlo a causa del plástico protector que lo envolvía. Sabía que en los suplementos culturales el libro había recibido reseñas contradictorias (“documento de gran valor”, decían unos, “chismorreo de conventillo”, señalaban otros), pero  yo no era aún un fervoroso borgeano para que una u otra opinión fuera razón suficiente para comprarlo.


A Facundo Gerez se le cruzó por la cabeza, fugazmente, la idea de robar el libro. Estaba en una reunión en casa de un amigo y se encontraba solo en ese momento (los invitados se hallaban en la sala, él en el estudio) pero hubo un motivo principal por el que no lo hizo: se dio cuenta que el hueco que el libro dejaría en el estante sería imposible de disimular. Gerez había rastreado por mucho tiempo el mítico Borges de Bioy pero había fracasado siempre en su empeño por conseguirlo. Nuevo, imposible por descatalogado (más adelante ahondaremos sobre esta cuestión); usado, imposible por los precios exorbitantes. Deseando tener más arrojo, o menos moral, dejó el libro en su lugar y volvió a la sala con el resto de los invitados.


No recuerdo qué libros compré aquella tarde pero también me olvidé, por mucho tiempo, del Borges con sus tapas duras, con la fotografía de unos jóvenes Bioy y Borges en la portada y de su inusual tamaño de electrodoméstico pequeño.


Facundo Gerez tenía 23 años cuando se publicó el libro que, entre otras reacciones, desató la ira de María Kodama, viuda y heredera universal de Jorge Luis Borges. Como aspirante a escritor, argentino además, Facundo había leído toda la obra de Borges, volvía a ella con frecuencia y cuando estaba borracho decía, sin sonrojarse, que algún día escribiría un cuento tan bueno como “El Aleph”. Pero en esa época a Facundo le resultaba imposible comprar un libro nuevo. Toda su biblioteca, que adoraba y de la que se sentía orgulloso, estaba conformada por ejemplares usados que compraba por cinco o diez pesos en los locales de la calle Corrientes. Facundo iba a las librerías de nuevo sólo para enterarse de las novedades y como acto voyerista. Así que cuando vio el volumen, titulado sencillamente Borges, lo tomó, lo miró por largo rato, se preguntó si la furia de la viuda era justificada y finalmente lo dejó en su lugar con la esperanza de, en el futuro, conseguirlo en alguno de sus paseos nocturnos por Corrientes.

Nadie vio venir la batalla campal que libraría María Kodama para sacar el libro (que calificó de felonía) de circulación. Cuando logró su cometido lo convirtió también, sin quererlo, en un objeto fetiche para todos los seguidores borgeanos.


El Borges de Bioy reapareció en mi vida por un artículo de un escritor argentino que no había leído y del que nunca había escuchado hablar. Se titulaba “El lector es un cazador solitario”, escrito por Facundo Gerez, y trataba sobre los libros que faltaban en su biblioteca personal. Los que deseaba y buscaba en cualquier librería pero que se le escabullían siempre. Tenía, escribió, un espacio reservado (literalmente, porque según él lidiaba todos los días con un molesto espacio vacío en en el estante) para el legendario diario de amistad de Bioy.

Yo ya no vivía en Buenos Aires. Una vez más había quemado las naves, me había establecido en México y regentaba una librería, así que lo que más tenía era tiempo libre y la idea romántica de que podía conseguir cualquier libro si me lo proponía. Como ya dije, no conocía a Gerez, él tampoco a mí, pero decidí que compartiría su misión de encontrar el diario para que él pudiera colocarlo en el espacio que le correspondía.

Primero quise saber a qué se refería con el adjetivo impagable que él mismo usaba en el texto. Una búsqueda en Internet fue suficiente: en su país el precio oscilaba entre los seis mil y doce mil pesos, siempre ejemplares usados. Esa confirmación no me desanimó. Al contrario, razoné que me encontraba ante una oportunidad única. En Argentina Borges goza de una condición casi divina, muchos lo consideran (equivocadamente, por supuesto) un aerolito, así que es normal que un libro sobre él, que tiene una sola edición, escrito por su gran amigo, se pretenda vender en tales cantidades. Pero en México, mal que bien, tenemos otras deidades literarias: Paz, Rulfo. Pensé que esto podía ser motivo suficiente para que, en algún lugar de esta urbe, me topara con un ejemplar del diario a un precio más normal… al fin, aquí Borges es sólo Borges.

Durante varias semanas, después de cerrar la librería, caminaba a la calle Donceles y dedicaba un par de horas a la búsqueda del escurridizo ejemplar. Muchas veces fui yo, además de los encargados que me miraban con odio porque anticipaban que no compraría nada, la última persona en el local. Nunca comenté con nadie la razón de mis visitas a aquellas librerías, ni siquiera a los empleados que al principio se acercaban amablemente a ofrecerme ayuda. El lector es un cazador solitario. Cuando llegué a una librería en Donceles y República Argentina quise ver una señal y pensé que mi periplo terminaba. ¿Dónde más habría de estar aquel libro de mil seiscientas páginas con Borges como tema único? Desafortunadamente las coincidencias de tal calibre sólo ocurren en la literatura. Recorrí con cuidado la sección de Narrativa Latinoamericana, Narrativa en Español y hasta un pequeño estante de Diarios y epistolarios que me pareció inútil al no encontrar lo único que me interesaba.

No dejé una librería de la zona sin visitar. Y cada día que pasaba crecía en mí el temor que de que Gerez consiguiera el libro por su propia cuenta. Quizá ganaba un concurso literario, quizá la lotería (¿no es acaso lo mismo?) y con el premio no dudaba en pagar lo que antaño le parecía un exceso. Para asegurarme que mi búsqueda no carecía de sentido comencé a seguirlo en Twitter donde, según yo, Gerez no dudaría en dar a conocer las buenas nuevas apenas le ocurrieran (su premio y por consiguiente la compra del ansiado volumen).

Cuando por fin encontré lo que buscaba la emoción no se hizo presente. Fue en una librería sobre Álvaro Obregón que sobrevive, no entiendo cómo, emplazada entre dos grandes y conocidas librerías de la Ciudad de México. Mi dedo índice recorría los libros de Literatura Latinoamericana y tardó más de la cuenta en llegar al final de un lomo particular. Había encontrado el Borges (mal colocado) entre Ficciones e Historia universal de la infamia. Reconocí el patrón de verdes líneas diagonales, el nombre del autor y el título con tipografía en cursivas y serifas. Estaba en muy buen estado. Por primera vez lo abrí y caí en una anotación clásica, que Bioy convirtió en el leitmotiv del diario:

Sábado 15 de diciembre (1956): Come en casa Borges.

Con el libro en mano sólo me faltaba comprobar mi teoría. Busqué con la mirada al dependiente y cuando me vio le pregunté por el precio. Él no podía saberlo pero en ese momento habría pagado cualquier cifra que saliera de su boca. Pero yo no fui transparente y él sí benévolo. “600 pesos, amigo”, dijo. Saqué los billetes de mi cartera (siempre iba preparado por si ocurría el hallazgo) y me fui sin decir una palabra.


Un libro de nueve centímetros de lomo, publicado de forma póstuma en 2006, con las anotaciones que Bioy hizo en su diario durante sus cuarenta años de amistad con Borges desató la furia de María Kodama. La guardiana de la obra de Borges arremetió contra el gran amigo de su exmarido y lo tildó de “cobarde” por haber publicado las confidencias que él le hizo en vida.

Pero lo de Kodama no fue sólo una rabieta verbal. Movilizó una poderosa maquinaria para que el Borges de Bioy desapareciera del mercado editorial. En cada entrevista que concedió mientras el libro estuvo a la venta, se lamentaba por no haber puesto suficiente empeño en impedir su publicación. “Pero no cometeré el mismo error con las reediciones”, cerraba con tono resuelto.

En diciembre del 2006 la editorial Destino, responsable de la publicación del diario, emitió un comunicado en el que informaba que cualquier proyecto relacionado a Borges quedaba cancelado. No hubo nadie que no viera la invisible mano de Kodama detrás de esa decisión.


A Facundo le extrañó escuchar el timbre a esa hora de la mañana. Atendió a través del portero eléctrico y una voz le informó que tenía un paquete para él. Bajó las escaleras del edificio, abrió la puerta de la calle y el chico de correos le entregó una caja de cartón. Aunque no conocía al remitente firmó de recibido y subió con el paquete a su casa.


No quise quedarme con el libro más tiempo del necesario. Investigando supe que Gerez había publicado una novela en 2015 y a través de la editorial conseguí su dirección. Un sábado por la mañana, antes de ir a trabajar, fui a la empresa de mensajería y pagué el envío (el doble de lo que costó el libro) a Buenos Aires.


Facundo no consiguió seguir trabajando ese día. Abrió el paquete en la sala y ahora el libro descansaba sobre la mesa de centro. Había buscado una nota dentro de la caja y pasando con cuidado cada página del diario pero no tuvo éxito. Después de un rato se levantó y dio unos pasos hasta su librero. Colocó el libro en el espacio vacío que muchos años antes había designado y sonrió cuando descubrió que calzaba perfecto.

Volvió a su computadora y miró la caja una vez más. En Google escribió el nombre del remitente y pulsó enter. El primer resultado era un texto sin título que comenzaba así:

Hará unos diez años que vi por primera vez el inmenso ejemplar.


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