Yo me llevaba muy bien con la gente de aquel lugar. Era un grupo de siete personas, entre hombres y mujeres, con el que había compartido, a lo largo de mucho tiempo, buenos y malos momentos. Charlábamos pero también disfrutábamos de los silencios, había risas y situaciones solemnes, nos apoyábamos cuando surgían problemas, admirábamos nuestras virtudes y aceptábamos nuestros defectos.

Me parecía que éramos amigos.

La desgracia comenzó cuando una tarde llegué al lugar de reunión y en lugar del bullicio habitual encontré un silencio desconcertante. No había nadie. No quise preocuparme y decidí volver al día siguiente seguro de que todo volvería a la normalidad. No fue así. Seguí visitando el sitio con frecuencia, día tras día, sólo para encontrarlo desierto en cada ocasión. Finalmente comprendí (o acepté) que no volverían.

La última vez que estuve ahí la oscuridad era total, como en una noche sin luna ni estrellas.

En la mañana desperté con la certeza de lo que debía hacer. En lugar de dirigirme al trabajo, caminé hacia una estación de policía, entré y me senté frente al comisario de turno.

Sin dudarlo, me declaré culpable de homicidio colectivo.