Me gustan dos cosas: caminar con mapas y descubrir ciudades. He hecho dos viajes largos en mi vida, a lugares lejanos y desconocidos, y en ambos realicé un patrón: explorar la ciudad con mapa en mano durante días hasta adueñarme de ella.

Al llegar a un lugar desconocido, en el que seré visitante por muchos días, me esfuerzo en hacerlo mio. De cierta manera, en convertirlo en mi hogar. Disfruto caminar largamente por las calles, callejuelas y avenidas. Observo a las personas y escuchó los fragmentos de conversaciones cuando pasan a mi lado. Uso el transporte público, me gustan los colectivos y los vagones de metro, diferentes de un lugar a otro, de una hora a otra.

Los días pasan y comienzo a sentir que domino la ciudad, poco a poco me acoplo a ella, a su ritmo. El titubeo al momento de subir a una ruta o cambiar de estación disminuye. El mapa se va convirtiendo en un objeto dispensable, pero, sin olvidar mi condición de extraño, lo cargo siempre. Es el único oráculo que acierta siempre.

Con Buenos Aires ya somos conocidos. Caminé por sus calles, las grandes y las pequeñas, me mostró sus barrios, los clásicos y los modernos, platiqué con su gente, los taxistas, los tenderos, las meseras. Escuché y usé sus expresiones, adopté su acento. Comí en grandes restaurantes, cafecitos y bares. Probé sus empanadas de carne, el asado, el vacio, la milanesa, el dulce de leche, el alfajor y sus helados de tradición italiana. Leí sus periódicos y vi la televisión. Sufrí la escasez de monedas, y cuando tuve no las guardé nunca. Hice amigos.

Buenos Aires, ese mounstruo de ciudad, no es desconocido para mi. No somos amigos del alma, pero, así, como que no quiere la cosa, me ha invitado a volver cuando quiera.