En un ensayo sobre Emily Dickinson, la poeta Adrienne Rich escribió: “Siempre es bajo la presión de lo que se encuentra encubierto que explota la poesía”. Vivimos en un tiempo en el que, sin embargo, muy poco permanece oculto y esa válvula de presión —con la cual todo escritor tiene un contacto íntimo— rara vez tiene oportunidad de llenarse hasta poder explotar. La literatura memorial nace de esta explosión: nace de la imperiosa necesidad de confeccionar un relato basado en el caos de nuestra propia historia. Una de las mayores satisfacciones que tiene esta literatura —tanto para el escritor como para el lector— es la manera pausada y tranquila en la que situaciones azarosas adquieren sentido.

La cita es una traducción del artículo en inglés “A memoir is not a status update” de Dani Shapiro, publicado originalmente en The New Yorker. La tesis de Shapiro en el texto es que gracias a la facilidad con la que hoy se comparten experiencias en Facebook (y a la necesidad que sentimos por contar inmediatamente lo que nos ocurre) casi nunca nos damos la oportunidad de dejar que una historia madure.

La imagen de la válvula siempre medio vacía es muy precisa. Estamos acostumbrados —lo hemos naturalizado— a contar después de vivir. Rara vez (o nunca) optamos por el proceso de guardarnos la historia que queremos relatar, convivir con ella, con ese caos del que habla Shapiro, darle forma en nuestra mente y sólo expulsarla cuando ya no podemos más, cuando la válvula explota y la historia exige ser escrita.

Yo soy culpable de esta necesidad inmediata de compartir. Siempre que escribo un texto siento la imperiosa necesidad de publicarlo aquí apenas escribo el punto final. Todavía no he sido capaz de terminar un artículo y dejarlo olvidado por un par de días para volver a él con la mente fresca.

Estoy, sin duda alguna, trabajando siempre con la válvula casi vacía.