El primer Mundial que recuerdo con claridad es el de Francia 98. Lo vi en una televisión de perilla, sentado en el suelo de la cocina-comedor, muy atento a todo lo que ocurría en cada encuentro. El partido de México contra Holanda, con el gol de Luis Hernández en tiempo complementario que significó el pase a la siguiente ronda, me generó un nivel de éxtasis que no había sentido hasta entonces en mis escasos años de vida. Apenas unos días después, la eliminación contra Alemania, con un gol que me pareció una injusticia divina, me hundió en un estado de depresión lamentable.

Corea-Japón 2002 fue un Mundial que viví con más madurez. Ya no creía en cuentos de hadas, pensaba que entendía algo de futbol (iluso de mí) y me convencí de que no valía la pena esperar milagros de la selección mexicana. Vi la mayoría de los partidos resistiendo el sueño y tuve jornadas escolares difíciles a causa de múltiples desvelos y etapas REM interrumpidas. La noche del 17 de junio, un día antes de mi cumpleaños, mi papá y yo vimos (en una televisión con control remoto) la debacle absoluta, la tragedia en forma de partido de futbol. Estados Unidos doblegó a México y nuevamente los sueños de grandeza quedaron en el camino.

Durante Alemania 2006 estaba en la Universidad y no recuerdo nada de la fase de grupos. Sí recuerdo, al igual que todos los argentinos, el golazo (inesperado) de Maxi Rodríguez que volvió a dejar eliminado a México en octavos de final. Hasta el día de hoy es gracias a este partido que los argentinos tienen a México en muy alta estima. Se vieron muy cerca de la eliminación y, al menos para ellos, México es un rival muy digno.

Sudáfrica 2010, el primer Mundial lejos de mi país. Con él entendí la verdadera pasión del futbol, la que yo nunca tuve ni tendré: la ciudad paralizada, desierta, durante los partidos de Argentina. Todos muy pendientes de la actuación albiceleste y especialmente preocupados cuando el rival en octavos de final volvió a ser México. Para mí el triunfo argentino nunca estuvo en duda porque la selección mexicana era muy diferente a la del 2006, pero acá nadie se quedó tranquilo hasta el contundente tercer gol que le garantizó a Argentina seguir avanzando.

Yo ya me había acostumbrado a que el Mundial de México duraba sólo cuatro partidos.

Este es mi quinto Mundial. Nuevamente intento ver la mayor cantidad de partidos. Otra vez busco emocionarme con México. Una vez más estoy convencido de que todo se terminará en el cuarto partido. Pero la ventaja de estar en otro país es que puedo hinchar por dos equipos y uno de ellos, a pesar de su flojo debut, tiene muchas chances de llegar lejos.

El partido de Argentina contra Bosnia lo vi en un típico bar de barrio y yo era el único interesado en el juego. Había un señor mayor que hacía crucigramas y otro, más mayor todavía, que tenía frente a él una botella de Cinzano y ocasionalmente se despertaba para darle un largo trago. En el segundo tiempo una familia china hizo su aparición y observaron el partido en silencio tomando una cerveza.

Cuando Messi anotó el segundo gol todos levantaron la mirada hacia el televisor y aplaudieron con una sonrisa.

-Vamos, Messi, carajo. -gritó el viejo de la botella antes de volver a cerrar los ojos.