Hoy fue un miércoles disfrazado de domingo y se siente una de las atmósferas más extrañas desde que llegué a Argentina. Hoy 27 de octubre fue feriado en todo el país porque se llevó a cabo el Censo Nacional que, en unos meses, arrojará una radiografía de la república argentina. Para este evento se animó a toda la población a quedarse en casa para recibir al censista, la ley exigió que todos los negocios estuviesen cerrados hasta las ocho de la noche y se suspendieron las funciones teatrales, cinematográficas y recitales.

Hoy era un día diseñado para el letargo. Buenos Aires se mostró desierta: sus avenidas sin autos y sus veredas sin gente. A las ocho de la mañana, en lugar del claxón, nos despertó el canto de los pájaros. Los censistas comenzaron a llegar a los edificios y, mientras unos iban piso por piso rellenando los formularios, otros se instalaban en la planta baja y eran los habitantes quienes tenían que bajar a su encuentro. En nuestro caso, la censista comenzó con el último piso de nuestro edificio y aproximadamente a las once de la mañana nos tocó bajar a censarnos.

Las preguntas no fueron nada especial, de hecho, me decepcioné un poco. ¿Qué nivel de estudios tenía? ¿Trabajé en la última semana? ¿Cuál es mi relación con la otra habitante del departamento? No fueron más de tres minutos en total.

Sin embargo, hoy hubo otro Censo. A las nueve de la mañana la noticia saltó por todo lo alto: Néstor Kirchner falleció y entonces pudimos asistir, como escribió Pablo de Santis, el censo de lo inesperado. Un día que, después del deber, pronosticaba sólo ocio y mates en la plaza se transformó en algo completamente distinto porque se fue una de las personas más importantes de la Argentina contemporánea y, de la nada, nadie sabe qué se viene ahora salvo la certeza de congregarse en Plaza de Mayo para hacerle un homenaje.

Sólo queda esperar. Mientras tanto, poco a poco la ciudad va entrando en actividad.