La secundaria fue una época difícil para mí. Fue difícil en parte porque nunca terminé de encontrarme en ese universo y además porque yo quise complicármela a propósito, como en un afán de justificar el porqué no encajaba en dicho universo. Busqué todas las maneras para crearme problemas o comienzos de problemas, además de con las autoridades pertinentes, con mis compañeros de clase. En la escuela había tres prefectos, dos hombres y una mujer, encargados de vigilar el buen comportamiento de los alumnos y el cumplimiento de las reglas (por ejemplo, en caso de frío usar el suéter del uniforme y no cualquier otro)  .  Doña Clarita era una mujer alta, delgada, blanca y ejemplo en el buen vestir. Fue con ella con quien tuve más problemas, quizá porque era ella quien hacía mejor su trabajo. Durante tres años vivimos un estira y afloja, un constante enfrentamiento, por algo que a mí me parecía nimio y a Las Autoridades de importancia capital: el largo de mi cabello.

Joven Samuel, córtese el cabello. Ya está muy largo. Al otro día. Joven Samuel, mañana con el cabello corto. Al otro día. Joven Samuel, está en una institución y tiene que atenerse al reglamento. Al otro día. Joven Samuel, si mañana no tiene el cabello corto no entra. Sin ninguna otra opción yo terminaba claudicando y al otro día tenía el cabello un poco menos largo. Doña Clarita sabía que no era suficiente. Sabía que en un mes tendría que repetirme el reglamento y sabía que yo volvería a intentar esquivarlo. Una vez me dijo: aquí las cosas siempre han sido así, el cabello largo es para las señoritas. Hace unos años Doña Clarita se jubiló de su puesto de prefecta. Pero en la Escuela Secundaria Técnica 5 todavía el cabello corto es para los jóvenes, el largo para las señoritas.

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La novela de Martín Kohan, Ciencias Morales, fue lo que originó este recuerdo. Los hechos ocurren en el edificio del prestigioso Colegio Nacional de Buenos Aires y la protagonista es la preceptora María Teresa, una joven que se encarga de mantener a raya a los alumnos del colegio y ve por el cumplimiento de las normas y las buenas costumbres. La rigidez dentro del Colegio es notable: no se puede hablar en los recreos, no se puede andar en los patios en horarios de clase, los alumnos no se pueden tocar entre ellos (mucho menos un hombre y una mujer) salvo cuando hay que tomar distancia. El régimen está bien establecido y ha dado resultados: entre los alumnos históricos del colegio están los dos premios Nobel argentinos y cuatro ex-presidentes de la nación.

El mundo de María Teresa es limitado pero la sospecha (quizá infundada) de que hay un par de alumnos que fuman dentro de las instalaciones del Colegio la hace tomar decisiones que van poco a poco abriendo su universo y rompiendo las estrictas normas de la institución. La novela es sobre la disciplina, la represión, el deber y el sentido del deber (algo más importante aún) pero también sobre los sentimientos que llegan cuando se comienza a transgredir las normas con las que uno rige gran parte de la vida.   Kohan logra transmitirnos la mesura y sobriedad del Colegio por medio de constantes repeticiones en la descripción y el mínimo uso de diálogos, cortos además. A pesar de ello, la lectura nunca me pareció pesada o tan siquiera aburrida.

¿Qué hay de ficción y qué de autobiografía? Como ya mencione antes, este vínculo es quizá lo que más me interesa y me emociona de la literatura. La novela se sitúa en 1982 y Martín Kohan egresó del Colegio Nacional de Buenos Aires en el año de 1985.  Sin embargo, en una entrevista, el autor asegura que, aparte de la atmósfera del lugar y de ciertos mitos alrededor del Colegio, él intentó desvincularse de la historia. Por supuesto, es algo que los escritores normalmente dicen cuando se les pregunta sobre cuánta verdad hay en sus textos. De todas maneras, no puedo dejar de preguntarme ¿Se reconocerá María Teresa en la novela?

Ciencias Morales es mi última lectura del año. Es un título excelente, que bueno que la novela está a la altura.