El primer viaje largo de mi vida fue por placer a los ocho años. Cada vez que veía un autobús, me preguntaba como sería por dentro y cómo, si exteriormente se veía tan reducido, podrían caber las camas para todos los pasajeros. Un misterio infantil que esperaba poder responder pronto. En la terminal estaba muy emocionado, aunque ya los grandes me habían advertido que no me hiciera muchas ilusiones, porque además, nos esperaban 22 horas de viaje. El anuncio de abordaje fue a tiempo y me acerqué rápidamente al autobús. Entregué mi boleto y subí. Me detuve al principio del pasillo y observé las filas de asientos a ambos lados y nada más. Comencé a caminar, empujado por la gente que subía y buscaba su asiento y vino lo peor: aspiré profundo y por mis fosas nasales entró un penetrante olor, mezcla de varios desagradables: una alcantarilla abierta en día de calor, un baño recién usado y el perfume corriente de un jabón limpiador. La combinación era terrible. Mi desilusión por la simpleza interior del camión fue sustituida por la repulsión que me causaba el ambiente y que me veía obligado a respirar.

A mi destino llegué con bien, pero el olor del ómnibus Cristóbal Colón no ha cambiado desde entonces y cada vez que me subo a uno, tengo que proteger mi nariz para evitar recordar el día que se me cayó un mito.