Por mi trabajo, en tres años, visité muchos casinos. Todos los días y a todas horas. Vi a las personas que apuestan por las mañanas, a las que apuestan al salir del trabajo, a las que apuestan por insomnio y a las que apuestan en la madrugada cuando ya está todo perdido. Y siempre que vi a alguien apostar altas pilas de fichas, perderlas y repetir el proceso hasta la bancarrota, no podía evitar desear que en lugar de jugar me dieran algunas fichas a mí. Simplemente por eso, porque eran fichas. Y las fichas, afuera del casino, no sirven para nada.

—Yo he llegado a perder cuarenta o cincuenta lucas1 en una noche. No de mi plata, obvio, sino de plata que había ganado horas antes también en la ruleta. Es una montaña rusa esto. Pero ya cuando te quedan pocas fichas lo único que querés es perder todo lo más rápido posible, es la única manera de terminar la noche e irse a casa tranquilo. Cuando ya no tenés fichas ni plata, ahí se acaba la presión.

Mientras Luciano habla sus dedos acarician la pila de fichas de plástico que, si quisiera, podría cambiar en la caja del casino por aproximadamente veinte mil dólares. Es la madrugada de un lunes y ambos estamos sentados ante una barra del Salón Dorado dentro del Casino de Buenos Aires. Por ley los casinos no pueden operar dentro del perímetro de Capital Federal, así que el paraíso de juego son estos dos barcos anclados a orillas del Rio de la Plata, a unos pasos de Puerto Madero, barrio más exclusivo de la ciudad. Por la hora y el día en la sala hay más empleados (personal de limpieza, bartenders, meseras, croupiers, jefes de piso —con traje negro impecable—, seguridad —con walkies takies— y supervisores —con idéntico traje al de los jefes de piso—) que jugadores. Y entre todos ellos estamos nosotros: Luciano, un apostador con pasión por la ruleta, y yo, que en aquella época me dedicaba a escribir sobre las personas que han hecho —o intentaron hacer— del juego y las apuestas su forma de vida.

I

Terminó la segunda jornada de un torneo de póker. Son cerca de las tres de la mañana y uno de los diez jugadores que alcanzó la mesa final podrá levantar el trofeo de campeón junto a un cheque por 350 mil pesos. Pero esto ocurrirá dentro de un par de horas. Ahora todos los finalistas, salvo uno, se han retirado para descansar. Como en el ajedrez, más vale afrontar cada partida con la mente y el cuerpo descansado.

Quien se quedó es Darío Peregrini, un jugador de la vieja escuela. Tiene más de cincuenta años y podría ser el padre de la mayoría de sus rivales que rondan los veinte, una generación que descubrió el póker por Internet y lo considera como un deporte mental, muy distinto a cualquier otro juego que ofrece el casino, como la ruleta o el blackjack.

Darío no necesita descanso, al menos por ahora. Después de guardar sus fichas de torneo en un bolsa de plástico, salió del poker-room, cruzó un pasillo con máquinas tragamonedas a ambos lados, llegó al Salón Dorado y se sentó ante la mesa de blackjack más cara del salón. Para jugar la apuesta mínima es de $100 y la máxima de 3 mil pesos. No pude evitar acercarme.

-Sólo juego unos pases y me voy a dormir —me dijo cuando se dio cuenta que estaba detrás suyo. Un pase es, en la jerga del apostador, una mano de cualquier juego de paño. Pero unos pases es un concepto muy abstracto: podrían ser sólo diez minutos o Darío podría estar en la mesa hasta el reinicio de la mesa final del torneo de póker.

Su mirada sigue atentamente la mano del croupier, que reparte veloz las cartas a todos los jugadores. Darío no hace ningún gesto cuando recibe un siete de corazones como primer naipe.

—Carta —dice cuando le llega su turno.

El croupier pone una figura y Darío hace un gesto que es una orden universal: la mano con la palma hacia abajo se mueve de izquierda a derecha. Significa que no quiere más cartas, se planta en 17. El turno le llega al croupier, cuya carta visible es un cinco.

—Quince. Veinticinco —anuncia de forma mecánica al sacar dos figuras. Se ha pasado de 21.

Para los jugadores, es momento de cobrar.Darío recibe $500, una sola ficha metálica color rosa, y rápidamente la coloca en su pila, dejando intacta su apuesta original.

Estar de pie detrás suyo me permite seguir toda la acción sin arriesgar un solo centavo. Veo como su pila de fichas crece y alcanza, en su punto cúspide, cerca de trece mil pesos. Finalmente el cansancio puede con él y anuncia a la mesa (una muestra de respeto, según los jugadores de la vieja escuela) que jugará su último pase. Aunque lo pierde logra evitar la tentación de “intentar recuperar” y se levanta de su asiento llevando sus fichas en cada mano.

Darío me saluda y antes de dirigirse a la caja separa una ficha de $500 y me la entrega.

—Por la buena suerte. A ver si mañana la racha sigue.

Lo vi alejarse, evitar las ruletas —colocadas estratégicamente en el camino que todos los jugadores deben hacer hasta la caja— y cambiar sus fichas por un fajo de billetes de cien que metió con fuerza en en el bolsillo del pantalón.

Unos minutos después yo también resistí las tentaciones y llegué, sano y salvo, hasta la caja.

II

Viajé a Punta del Este por primera vez en mi vida para cubrir una etapa del Latin American Poker Tour, el circuito de torneos de póker más importante de la región. El LAPT se jugó de forma regular durante ocho años, del 2008 al 2016, y entregó millones de dólares en premios.

Esta vez es el cuarto día del torneo. De los más de 400 jugadores que comenzaron, y que pagaron $2.500 dólares de inscripción, sólo quedan dieciséis, repartidos en dos mesas. En una de ellas se encuentra Ariel Li, un coreano que conozco porque juega con regularidad los torneos de Buenos Aires que yo, por trabajo, cubro en su totalidad.

Ariel no es profesional del póker pero en este juego encontró, como muchos aficionados al azar de la ruleta o el blackjack, un divertimento que “no le sale tan caro”. Ariel la está pasando muy bien pues está cerca de conseguir el mejor resultado de su carrera aunque en realidad no necesita la plata. “La tiene toda”, es algo que se escucha con frecuencia como referencia al estado de sus finanzas entre los jugadores que lo conocen. Pero lo que tiene no lo ganó en las mesas. Sus negocios son más turbios: Es prestamista y regenta privados en la ciudad con chicas que trae desde Brasil y Paraguay. Manejó su Audi RS7 de Buenos Aires a Punta del Este y hace un par de meses, una madrugada, me dijo, además, que entre todos sus negocios ganaba “50 lucas por día libres de impuestos”.

Por su personalidad en la mesa nadie podría imaginar sus actividades. Bromea con sus rivales, canta y tararea música coreana que escucha con sus auriculares Beats. Cada vez que paso por su mesa lo veo involucrado en una mano, siempre gesticulando, agitando los brazos. La sonrisa no se le quita de la cara, no importa si gana o pierde el pozo. “Ariel está feliz”, grita para que todos lo sepan.

Durante el descanso de quince minutos coincidimos en el exterior del casino. Necesita fumar después de dos horas de abstinencia. En su papel de jugador de póker me cuenta las manos que ha jugado, aquellas en las que ha tenido buena suerte y aquellas en las que un rival ha ganado de forma inesperada.

—Vos me caés bien. ¿Cuánto te pagan por este laburo?

Es una pregunta retórica porque sin esperar mi respuesta Ariel continúa.

—Mirá, si quedo entre los primeros tres tenés el 1% de mi premio.

Ariel termina su cigarro y vuelve al casino. Para mí el torneo se ha vuelto más interesante y mi cabeza ya empieza a hacer cuentas. El 1% de un premio en un evento de póker internacional no es poca cosa: en este caso son $2.400 dólares, una cifra muy superior a lo que voy a ganar por este trabajo de cinco días y casi cincuenta horas.

Pero no albergo muchas esperanzas: Ariel no juega bien y necesitará mucha suerte para llegar al podio del torneo. El descanso termina y vuelvo a la sala pensando en la frase más optimista del mundo del póker: “Para ganar un torneo sólo hace falta tener una ficha y una silla”. La autoría le pertenece a Jack Straus, quien ganó el Evento Principal de la World Series of Poker en 1982 tras, efectivamente, haberse quedado con sólo una ficha en su pila.

Sin embargo, tres horas más tarde la buena fortuna de Ariel se termina. Su último movimiento con las cartas no tiene éxito y queda eliminado, aunque mantiene la sonrisa. Se levanta y saluda con una mano a sus rivales. Con la otra se quita los auriculares, la gorra con el escudo de Boca Juniors, y comienza su desfile hacia la salida. Mientras yo escribo el último reporte sobre Ariel, él se acerca, sonríe y me habla.

—Será para la otra amigo. Algo es algo —dice mientras deja sobre la mesa una ficha negra de cien dólares.

III

El Salón Dorado (cuyas paredes están completamente cubiertas con cortinas color oro y la alfombra del piso, aunque más oscuro, es del mismo tono), ubicado dentro del Buque Estrella de la Fortuna del Casino Buenos Aires, tiene cuatro mesas de ruleta y dos de blackjack que permiten apostar en dólares. Durante los fines de semana largos desfilan por ellas brasileños de vacaciones y, en días laborales, hay casi siempre grupos de chinos y coreanos a quienes las mesas en pesos muchas veces les quedan chicas.

En una de esas mesas de ruleta estaba Luciano la primera vez que lo vi, enfrascado en una batalla personal contra el croupier.

Me acerqué para verlo jugar, aunque respeté una pared invisible que separa al que está apostando su plata, el que corre el riesgo, del que sólo se atreve a mirar pero nunca coloca una ficha en el paño. No a todos los jugadores —especialmente los que apuestan grandes cantidades— les gusta que un extraño observe sus victorias o derrotas en la lucha desigual que libran contra el casino. Pero a Luciano no le molestó mi presencia.

—Colorado 21 —anunció el croupier.

Luciano no se inmutó a pesar de que el resultado de la tirada merecería, por la plata involucrada, un grito eufórico. El número 21 tenía varias fichas sobre él y alrededor de él. En jerga timbera: estaba coronado. Cobró aproximadamente $3.500 dólares.

Mi presencia como observador ya era evidente pero Luciano, lejos de molestarse, optó por ponerse amigable.

—¿Querés una cerveza? La pago yo.

Acepté. Luciano llamó a la camarera levantando el brazo y mientras colocaba nuevamente sus fichas en el paño pidió dos Quilmes. Entre giro y giro, mientras la bola decidía en qué número de la ruleta aterrizaba, entablamos conversación.

Luciano es dueño de una empresa que fabrica ropa y —quizá respaldado por el alcohol— me aseguró que es la persona que más dinero ha perdido y ganado en este casino.

—Yo acá hago lo que quiero, nadie juega más que yo y eso me da derechos —afirmó.

Lo cierto es que hay pocos privilegios en el Casino de Buenos Aires: debe ser el único en el mundo en el que un apostador de alto vuelo tiene que pagar por las bebidas alcohólicas que consume. Nada es gratis para nadie en este complejo. Luciano profundizó:

—Por ejemplo, si yo quiero garcharme a esa piba —mira a la mesera que vuelve con las dos cervezas— sólo tengo que hablar con un supervisor y con eso me la llevo.

La mesera dejó las dos cervezas en la mesa y Luciano pagó con una ficha de $100. Brindamos. Luciano tenía suerte: ahora ya apostaba mil dólares en cada tiro y la mayoría de las veces cobraba el triple o más. Rara vez tenía expresiones de sorpresa o enojo. Cuando perdía simplemente sacaba de su bolsillo otra ficha de mil dólares, la entregaba al croupier, y continuaba sin inmutarse.

—¿Querés jugar? —me preguntó después de cobrar otro pase.

Su pregunta me sorprendió. Muy pocos jugadores permiten que alguien apueste con su dinero.

—No tengo mucha suerte en estos juegos. Prefiero seguir viendo.

—Jugá para divertirte —dijo sin hacer caso de mi negativa y me pasó una pila de fichas. Por primera vez tenía en mis manos dólares de plástico.

La pila tenía diez fichas verdes, cada una con valor de $25. Junto a él comencé a colocar mis apuestas, pequeñas en relación a las suyas. Conseguí amigarme con el azar y algunas veces la bola cayó en mis números. Incluso algunas veces fui yo el que salvó la tirada. Él, por supuesto, se quedaba con las ganancias y me devolvía, sin decir nada, diez fichas.

Pasó casi una hora desde la primera cerveza. En ese lapso aposté, sin sentir culpa y sin importarme nada, mucho más de lo que ganaba en un mes de trabajo como escritor de póker.

El ciclo llegó a su fin cuando, en varias tiradas consecutivas, ninguno de nosotros acertó al número en el que aterriza la bola. Cada pase el croupier se llevaba todas las fichas. Tras meter su mano en el bolsillo, un gesto recurrente en los últimos minutos, Luciano dijo que era momento de parar.

—Me aburrí.

Le pregunté si había ganado algo y aseguró que sí, que a pesar de todo había sido una buena noche. Le agradecí la cerveza y juntos caminamos hacia la salida.

Al despedirnos Luciano me estrechó la mano y sentí el inequívoco contacto con el plástico. Se dio la vuelta y se alejó. Yo abrí mi mano, que ahora tenía tres fichas negras, cada una de cien dólares.

Volví sobre mis pasos, caminé a la caja, evité la tentación de parar en la ruletas, y las cambié inmediatamente. No fueron más fichitas de plástico: ahora podía usar el dinero en el mundo real.


  1.  “Luca” es la forma coloquial de decir “Mil”. Una luca son mil pesos.