El local se llama “El Cyber del pollo” y es una fusión entre cibercafé y tienda de artesanías. En el marco de la puerta cuelga un atrapasueños color lila. Dentro del local conviven, del lado derecho, una fila con seis computadoras, cada una separada por delgadas paredes de madera, y del izquierdo una tienda-taller de artesanías varias: hay collares, aretes, pulseras, stickers y playeras con imágenes de la santa muerte. Suena The Cranberries. Al fondo del local está el encargado, que disfruta de la mejor silla del lugar (es de cuero, tiene rueditas y respaldo reclinable). Es un hombre con rastas, barba de muchos días y lentes estilo John Lennon. Sólo quita la vista de su pantalla cuando me ve entrar y me indica que puedo ocupar la computadora número cuatro. Tomo asiento en una silla de madera sin barnizar, la más común de su tipo. Gracias a que el cubículo sólo tiene paredes en las partes laterales —en un claro esfuerzo de proporcionar privacidad— puedo ver frente a mí el desorden que impera en el improvisado taller de artesanías: hay lazos, cuerda, restos de comida, cintas de embalaje, pedazos de madera, piedras de diferentes tamaños y colores y, sobre un único estante, una gran provisión de Takis de Barcel. Parece que al artesano le gusta esa fritura pues la tiene en distintas presentaciones: verdes, blancas y amarillas.

Además de mí hay dos clientes más en el cibercafé. Ambos están usando los audífonos que vienen incluidos con la computadora pero sólo uno de ellos —el que está a mi lado, en la máquina cinco— escribe. El otro sólo está pendiente de la pantalla, con las manos desocupadas. Hablando de pantallas: a diferencia de cuando yo trabajaba en un cibercafé, hace ya más de diez años, y tenía frente a mi un monitor gordo y pesado, la de ahora es plana y widescreen. De hecho, todo el equipo está bastante bien. Por ejemplo el teclado no tiene la típica y desagradable capa de grasa sobre las teclas que es común en la gran mayoría de los cibercafés. Hay, sin embargo, un papel doblado al lado izquierdo del teclado. El papel es una publicidad de un producto de GNC: Mega MEN. “Cada vez son más hombres los que toman Mega Men” afirma una frase debajo de la fotografía de un joven sonriente, bien vestido, y –debemos asumir— exitoso. ¿Alguien olvidó el folleto aquí o el cibercafé, además de local de artesanías, también es sucursal de productos GNC? Dejo el folleto donde lo encontré pues quizá al próximo usuario le interese la oferta.

Suena Queen. Dos personas, un hombre y una mujer, entran al local y hacen la pregunta de rigor:

-¿Tienes un máquina? –pregunta él (moreno, algo pasado de peso, cabello rizado pero corto, suéter negro, pantalones de mezclilla).

-La dos o la uno si gustas –contesta el encargado, apenas desviando la mirada de la pantalla.

-¿Puedo insertar memorias o se puede mandar a imprimir directo?

-Si

El hombre moreno ocupa la máquina dos. En el cubículo hay una única silla y su acompañante se queda de pie.

-Puedes tomar una silla, si gustas -le indica el encargado a la mujer—. Ella, cabello largo, negro, lacio y también morena, le agradece y toma una silla.

-¿No tiene copias, disculpa?

-Sí.

-¿Engargolados no?

-No.

-¿Carpetas con arillo?

-No.

-¿Una papelería abierta por acá?

-¿Abierta ahorita?

-Eso es lo malo -interrumpe el hombre.

-Sí, es que ya es tarde —explica el encargado confirmando lo que el hombre ya sabía-. Abren pero cierran a las dos o tres de la tarde… como es domingo —concluye—.

-¿El centro papelero también ya cerró?

-Sí, acaba de cerrar —afirma con total certeza a pesar de que el centro papelero está a más de dos cuadras del cibercafé.

La conversación se detiene pero dos minutos después comienza nuevamente. Suena The Cranberries.

-¿Cuánto cuestan las impresiones a color?

-Depende de la imagen, desde 3 hasta 10 pesos.

-¿Y la hora de la máquina?

-Ocho pesos.

-Te mando unas hojas para imprimir.

-Sí, gracias por avisar.