El último día que pasé (que pasamos) en Buenos Aires ya no tenía casa, ni muebles, ni celular, ni dinero argentino suficiente para la mañana siguiente. En el departamento de Gabriel, amigo cuyo apoyo había sido fundamental, entre otras cosas porque nos hospedaba una vez más en su hogar, había maletas (varias), cajas (muchas), objetos sueltos (cientos) que inundaban el living de su casa y eran una síntesis concreta de los últimos cinco años de nuestras vidas.

Gabriel se fue a trabajar por la mañana. Dos horas después llegó Flor, la encargada desde hacía varios meses de dar un paseo a las mascotas de la familia, Emilia y Huayra. Otra vez, como cuando vivimos seis meses en ese mismo departamento, Sol y yo nos quedamos solos, escuchando el ruido de la calle que llegaba a través de la ventana del balcón.

Es muy difícil guardar cinco años en cuatro maletas de 23 kilos cada una, especialmente cuando uno está obstinado en no pagar ni un gramo de sobrepeso a la aerolínea. Nosotros optamos por deshacernos de muchas cosas —ropa especialmente— para hacer espacio a los libros. Libros comprados en Buenos Aires, en Rosario, en Jujuy, en Salta, en Montevideo, libros que viajaron desde México hasta Argentina y que ahora les tocaba hacer el trayecto de regreso. Aunque intentamos traerlos todos fue imposible y nuevamente recurrimos a la generosidad de Gabriel. Le dejamos dos (¿o tres?) maletas con la promesa firme que volveríamos por ellas o que alguien, cualquier amigo, incluso él mismo, podía llevarlas a México. En esas maletas, que ahora descansan en un departamento de Caballito, hay, principalmente, libros pero también otros objetos entrañables como la pava que (supimos después) es el corazón de la casa. Aquel lunes por la mañana tiramos muchas cosas, resguardamos otras y conseguimos, finalmente, acomodar cinco años de vida en cuatro maletas con el peso justo.

Era tiempo de esperar.

La última salida que hicimos fue al Chungo, una heladería-cafetería en la esquina de Alberdi y Terry. Bajamos los dos pisos por escalera, caminamos sobre Martín de Gainza, cruzamos Rivadavia, seguimos por Víctor Martínez, dimos vuelta en Alberdi y llegamos a Chungo. Chungo no es un café clásico porteño sino todo lo contrario: es una cadena. Esta sucursal está en una casona antigua de dos plantas con pisos de madera, techos altos y una linda escalera, también de madera. A mí me gustaba mucho ir a trabajar allí y fue el primer café del cual me hice asiduo y conocido. Lo sé porque cualquier mesero sabía lo que iba a tomar sin preguntarme: café con crema y agua con gas.

En Chungo hicimos el último ritual del café porteño (paréntesis cultural y gracioso: el hábito de “tomar un café” fue propuesto como Patrimonio de la Humanidad en 2014 por parte del Ministerio de Cultura de Buenos Aires. No prosperó). Vino el café, el vasito de soda y la masita. Completó el combo las noticias de TN que, por fortuna, no tenían volumen.

—Mira. Es Laura F. —dijo Sol.

Miro con atención (soy muy malo reconociendo rostros) y me sorprendo. Es Laura, en otra mesa, leyendo un libro (¿Stephen King?) y me parece muy curioso que justo ella sea la última persona de la que nos vamos a despedir antes de partir (sin contar a Gabriel y Álvaro, que nos acompañarán al aeropuerto). Laura apareció en nuestras vidas —o en la vida de Sol y, por extensión, en la mía poco después— en una época en la que intentamos ser personas normales: Sol trabaja en una oficina y yo desde casa pero con un horario muy definido. Laura no trabajaba en la misma oficia que Sol pero se conocieron por amigos en común en un after-office cotidiano y de repente era todo Laura: Laura, a quien le gustaba Dexter, Lost, Miranda! y Roberto Bolaño. Laura, que tuiteaba incesantemente, que quería enamorarse, que hablaba de series a la menor provocación y que era ferviente hincha de Boca. Una noche terminé yendo yo solo —Sol no podía— a conocerla. Quedamos de vernos en el Café Sócrates (Puán y Pedro Goyena) y hablamos una hora sobre Los Detectives Salvajes. Después nos despedimos y cada uno volvió para su casa. Pero así como irrumpió con fuerza en nuestra cotidianidad, así también se esfumó cuando Sol no tuvo más su vida de oficina. Nos vimos un par de veces más —una vez nos invitó a cenar a su casa para conocer a su novio y su bebé— y después no pasó nada más. Hasta que la vimos, el último día en Buenos Aires, en el Chungo, leyendo un libro mientras esperaba a que fuera la hora para recoger a su hijo del jardín.

Digo “Laura” en voz alta. Ella levanta la mirada, nos ve y nos reconoce. Nos juntamos en una mesa. A veces cuando uno se encuentra con personas que hace tiempo no ve, personas con las que imaginó que se forjaría una amistad pero que al final nada ocurrió, la situación puede ser incómoda, con silencios incomodos, con gestos incómodos. Pero esta vez no fue así, quizá por la certeza de que será la última charla en muchísimo tiempo (o la última de nuestras vidas). Nos despedimos. Ha sido una linda vuelta de tuerca.

Volvimos al departamento ya cerca de las cinco de la tarde. Poco después llegó Álvaro y los tres esperamos asomados por el balcón. Por la cantidad de maletas habíamos decidido pedir un remis para ir Álvaro y yo (con las maletas) por un lado y, más adelante, Sol, Emilia y Gabriel (en el auto de él) por otro. A las seis de la tarde llegó el remis y en la vereda, mientras subíamos las maletas, Gabriel volvía del trabajo.

El círculo comenzaba a cerrarse.

Álvaro y yo tuvimos que esperar mucho tiempo en el aeropuerto de Ezeiza. Y no fue la mejor espera porque tuve el último gran sobresalto: a la medianoche la SENASA (el equivalente a la SAGARPA en México) entraba en paro de labores y ninguna mascota, aunque tuviese los papeles en regla, podría salir del país. Hay muchas cosas angustiantes en la vida y una de ellas es tener todo listo para dar un gran paso y sentir que, en el último momento, va a ser necesario posponerlo por un pequeño detalle no planeado. Sin embargo, las cosas salieron bien: nuestro vuelo salía diez minutos antes de las doce y Emilia, la perra transhemisférica, fue documentada sin problema.

Los dos últimos amigos que vimos en Buenos Aires, los dos últimos amigos a los que les dijimos hasta pronto, fueron Esteban y Álvaro.

Tomamos un café (otro) en el aeropuerto, nos dimos abrazos, nos tomamos una foto.

Nos despedimos con la certeza que nos volveríamos a ver.