Este texto lo publiqué originalmente en Medium. Lo escribí porque sentía la imperiosa necesidad de justificar mi partida de Argentina pero, más importante aún, porque no quería dejar lugar al equívoco entre las personas que conozco: no me voy de Argentina por aquello que se lee en ciertos diarios o se ve en ciertos canales de televisión, ese discurso trágico que habla de un país que se derrumba. Ese país no existe para mí: muy al contrario, Argentina me da (y estoy seguro que lo seguiría haciendo si mi vida transcurriera durante más tiempo) mucho todos los días.

Pero me voy, es así. Y mientras llega el momento de abordar un avión, diez de noviembre, intentaré escribir una suerte de crónica de este limbo que es estar físicamente en un lugar pero, quizá, mentalmente ya en otro. Estoy muy emocionado y aterrado de volver a México, de volver a Chiapas, de volver a Comitán, a realizar el proyecto que, de una u otra manera, con Sol siempre tuvimos ganas de hacer.

En los próximos artículos hablaré un poco más a fondo sobre esto. Mientras tanto, acá está la justificación no pedida para un viaje inesperado.

En un artículo del libro Hay vida en la tierra, Juan Villoro dice que aquel que regresa a su país después de un largo tiempo de ausencia, siempre se enfrenta al mismo cuestionamiento: ¿Por qué volviste? Villoro se concentra en la curiosidad de los paisanos, pero irse también implica responder a la pregunta contraria, la que formulan aquellos amigos y conocidos con los que compartimos semanas, mesas, años de nuestra vida en una tierra que no es la nuestra: ¿Por qué te vas?

Muchos amigos me habrán escuchado decir, en algún momento, que de Argentina no me iba más. Pero el mismo impulso que me trajo (nos trajo) hasta acá es el que me está llevando de regreso. Hay un proyecto hermoso, un lugar hermoso, en Chiapas, México, que está esperando suceder y yo, afortunadamente, voy a ser una de las personas que van a trabajar para llevarlo a cabo. Surgió de manera fugaz, casi de improviso, así como suelen aparecer las mejores oportunidades,

Hay, al mismo tiempo, emoción, temor y también, especialmente, una enorme gratitud a Argentina.

Nunca tuve miedo de decirlo: en Argentina, en Buenos Aires, encontré mi lugar en el mundo. Ahí donde alguien me decía (o me dice) que este país está desbarrancando, yo lo único que puedo responder es que a mí Argentina me dio mucho más de lo que en mis mejores sueños, en mis más ambiciosas fantasías, imaginé. Los cinco años que he vivido en Argentina los puedo sintetizar en la siguiente sensación:

Siempre sentí que acá nada malo me podía pasar. Y que todo aquello que me propusiera, todo lo que yo quisiera conseguir, estaba al alcance de mi mano. Y lo sentía así porque descubrí una estructura con la que, además de comulgar ideológicamente, en el plano concreto también impulsa esta posibilidad.

Esta sensación me acompaña todos los días y lo seguirá haciendo hasta que el avión despegue del Aeropuerto de Ezeiza. Con Argentina estaré siempre agradecido, no tengo nada para reprocharle. Al contrario, estoy consciente de lo mucho que me ha dado… tanto desde un punto de vista material como de formación intelectual y crítico.

Hay muchas personas que me han felicitado por mi decisión de irme. No entienden, sin embargo, que estoy dejando el lugar en el que, posiblemente, he sido más feliz en mi corta vida. Y que, además, estoy convencido que en algún momento voy a regresar. Y lo haré porque, así como quiero a este país, así quiero devolverle algo de lo mucho que me dio.

Me voy de Argentina siendo una persona muy diferente a la que era cuando llegué aquí, por primera vez, hace cinco años. Y seguiré con atención el camino afortunado que esté recorriendo el país. Me encantaría estar acá viviendo y transitando este camino pero ha llegado otro momento importante: intentar hacer algo por mi propio país, algo que implique poner en uso todo lo que aprendí acá. Y comenzar a transitar el camino argentino allá, un poco más al norte.