En un casino no se puede apostar con papel moneda. El gran invento de esta industria son las fichas de plástico, válidas sólo dentro del establecimiento y con límites muy claros: no está permitido llevarlas al exterior o, en el caso de fichas de mucho valor, vender a otras personas por el equivalente en dinero del mundo real. En síntesis: las fichas sólo sirven para apostar. Quien haya tenido este objeto en la mano sabe que, de forma inevitable, se olvida el hecho de que esa ficha, que simboliza diez, cien o mil unidades, antes fue dinero. Y ese dinero, allá afuera, en el mundo real, sirve para muchas cosas.

Pero dentro del casino las fichas sólo sirven para una cosa: para apostar.

No sé si está comprobado científicamente (supongo que sí porque los casinos no dejan nada al azar) pero es más fácil apostar con fichas que con dinero. Una persona que va caminando con fichas a la caja para cambiarlas por dinero tiene que pasar, siempre, por muchas mesas de juego: ruleta, blackjack o dados. En ese recorrido, cuando tiene las fichas en su mano, pueden pasar dos cosas: que llegue sin inconvenientes a la caja o que decida, sólo porque la bola de la ruleta ya giraba o porque el dealer estaba por repartir una nueva mano, que sí, que va a poner una última ficha en juego. Y en menos de dos segundos lo hace, coloca la ficha y está, de vuelta, en una épica batalla contra el azar en la que el ganador ya se conoce de antemano.

Esto con un billete no ocurre. Nadie en su sano juicio apostaría un billete en una fracción de segundo sólo porque está pasando por una mesa de juego.

En los últimos tres años he visitado muchos casinos. Todos los días y a todas horas. He visto a las personas que apuestan por las mañanas, a las que apuestan al salir del trabajo, a las que apuestan por insomnio y a las que apuestan en la madrugada cuando ya está casi todo perdido. Y siempre que vi a alguien apostarominosas cantidades de fichas, perderlas y repetir el proceso ad infinitum, me preguntaba si alguna vez alguien me daría las fichas a mí. Simplemente por eso, porque eran fichas.

Ocurrió cuatro veces: durante mi carrera como periodista de poker he estado cuatro veces en el lugar adecuado en el momento preciso y una persona, por motivos que no conozco, tomó algunas de sus fichas, extendió su mano, me las dio y no me pidió nada a cambio.

Eso, en el mundo real, no pasa.