La tarde del domingo me encontró en Rosario, de visita en una casa que tuve la fortuna de conocer a las pocas semanas de haber llegado a Argentina en el 2009. En la televisión se veía la segunda parte de Rambo con doblaje al español. Con todos los habitantes de la casa ocupados, saqué el iPad y comencé a escribir.

Hace mucho tiempo que tengo en mi mente las dos primeras frases de una novela. No recuerdo cuándo se me ocurrieron pero, hasta el domingo, nunca las había escrito. Ni siquiera lo había intentado. Las frases, su forma, las palabras, el sentido, sólo estaban en mi cabeza. Pero siempre que pensaba en ellas me parecía que tenían mucha fuerza, que constituían un inicio digno.

Estuve diez minutos intentando escribirlas, borrando palabras, cambiando el orden de los complementos. Finalmente conseguí un resultado que se acerca bastante a lo que, hace años, imaginé como el principio de una gran novela.

Ahora estoy en la etapa de corrección: No avanzaré hasta que esas veinte palabras sean perfectas.