Durante las últimas semanas del año pasado el único blog que de verdad me interesaba leer era el de Hernán Casciari. Desde el post Matar la Crisis a volantazos, escrito el 23 de septiembre donde mencionó por primera vez la Revista Orsai, cada jueves esperé con ansia su nuevo texto para saber cómo avanzaba el proyecto. El último trecho del 2010 fue, sin duda, totalmente Orsai: no sólo quería poseer la revista, el objeto terminado, sino también conocer hasta el más mínimo detalle de la gestación de cada una de sus páginas.

El 7 de diciembre compré mi paquete de diez revistas. Lo compré dos días antes de que cerraran las ventas a pesar de haber decidido, desde el principio, que tenía que ser distribuidor de Orsai. Mi única duda era a qué dirección mandaría las revistas, cuya entrega estaba programada para la primera semana de enero, ya que en esos días yo no estaría en Buenos Aires sino en las afueras de un pequeño pueblo en el norte argentino (desde donde estoy escribiendo esto).

Después de reflexionar sobre el asunto decidí que lo mejor era enviar las revistas a México, a la ciudad donde nací. De esta manera podía distribuir revistas en Comitán y en Xalapa, ciudades en donde conozco gente a las que el primer número de Orsai hará muy feliz, sin tener que cargar siete kilos de peso extra en el avión. Aquí, para que esto tenga sentido, abro un paréntesis para decir que en febrero estaré en México, un hecho que me pone contento y nervioso a la vez.

El 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, Hernán Casciari y El Chiri hicieron la presentación de la revista en el estadio de fútbol de Mercedes, la ciudad donde ambos nacieron, aunque ya unos días antes habían comenzado a enviar los paquetes de Orsai a todas partes del mundo. Sólo quedaba esperar.

El cuatro de enero a la una de la tarde, con el sol a pleno, estaba caminando por el centro de San Salvador de Jujuy, capital de la provincia de Jujuy, mientras uno a uno los comerciantes cerraban sus tiendas para honrar la ancestral costumbre de la siesta. Pasé frente a la librería Rayuela, de hecho me disponía a entrar pero la dependienta me cerró la puerta en la nariz, y mi sorpresa fue enorme cuando Sol me señaló el número uno de Orsai asomándose en la vidriera.

Orsai, tan lejos y tan cerca. Tuve deseos de conocer al librero, de estrechar su mano y decirle que lo admiraba por tener la revista, por haber apostado a un proyecto, en principio, utópico. Hasta tuve ganas de comprarle un ejemplar aunque ya hubiera pagado por diez revistas que en ese momento estaban camino a México. Por supuesto, la hora de la siesta es sagrada y fue imposible entrar a la librería.

Dos días después me llegó un aviso de DHL informándome de un envío. Destino: Comitán de Domínguez. Lugar de embarque: Buenos Aires. Por ironías de la vida mi paquete de Orsai no salió de Sant Celoni, Barcelona sino de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a una distancia aproximada de veinte cuadras de donde vivo pero a 1.600 kilómetros de donde me encuentro actualmente. De nuevo: tan lejos y tan cerca.

La próxima semana la revista llegará a Comitán,después de un largo y feliz proceso que duró más de tres meses y cuyo motor principal fue la pasión y la confianza. Si algo nos debe de haber enseñado esta empresa es que, para hacer algo, sólo hacen falta esas dos cosas. Por mi parte estoy simplemente orgulloso de ser parte de todo este suceso.

Espero con ansias el seis de febrero, el día que podré leer la revista que más he esperado en mi vida.