Desde que fuera descubierto en 1912 por el polaco Wilfrid Michal Habdank-Wojniczl, el Manuscrito Voynich se ganó el honor de ser el texto más ininteligible de la historia. Wojcniczl (que adaptó su apellido al inglés —Voynich— al llegar a Londres procedente de Siberia) era un librero reputado cuando se cruzó con el manuscrito en el pueblo de Frascati (Italia). Los jesuitas del Nobile Collegio Mondragone estaban vendiendo algunos volúmenes de su biblioteca para superar sus problemas económicos y Voynich no dudó en ir a echar un vistazo.

En el convento, Voynich se topó con muchos códices pero el que más le llamó la atención fue un libro descosido, sin título ni autor, cuyas páginas tenían “una profusa variedad de plantas exóticas, diagramas astrológicos de estructura novedosa y extrañas ilustraciones con mujeres hermosas bañándose en verdosos lagos orgánicos”.1 Compró el manuscrito por el primer precio que ofertó, sacó fotografías de las 246 páginas y, consciente de su descubrimiento, las envió a varios especialistas, que quedaron tan desconcertados como él.

Voynich concluyó que el manuscrito databa de la Edad Media (lo que fue confirmado en 2011 con la prueba del Carbono 14 realizada por la Universidad de Arizona: el texto se escribió entre 1404 y 1438 en Italia) pero estaba escrito en una lengua desconocida. Filólogos, lingüistas y criptógrafos han intentado, desde entonces, descifrar los símbolos que conforman el manuscrito pero nadie ha llegado muy lejos y es poco lo que se puede afirmar con seguridad sobre el voynichés.

El lenguaje carece de signos de puntuación, se lee de izquierda a derecha, y se cree que el manuscrito fue escrito por un solo hombre, con un trazo fluido que demuestra que el calígrafo sabía bien cómo escribir lo que deseaba. El alfabeto consta de catorce caracteres básicos y catorce más combinados o glifos. Sin embargo, algunas veces, hay en las letras ganchos o colas, lo que dificulta saber con exactitud cuántas grafías conforman el alfabeto voynichés. La confirmación del voynichés como idioma llegó de la mano del lingüista George K. Zipf y la llamada Ley de Zipf, según la cual la frecuencia con que aparecen las palabras de un idioma está sujeta a unas normas que todas las lenguas del mundo respetan rigurosamente: en un texto la palabra más frecuente aparece el doble de veces que la que le sigue en frecuencia, tres veces más que la tercera, y así sucesivamente. En el manuscrito Voynich, esto se cumple a la perfección.

A pesar de que nadie ha podido descifrar el significado del texto, no todo el sentido del manuscrito está en las sombras. La obra está dividida en seis secciones: la primera es un herbario ilustrado con 113 especies de plantas (conocidas como Frankenplantas porque algunas parecen estar compuestas de diversas partes de otras plantas, en algún caso llegando incluso a tener como tentáculos y ojos) , cada una acompañada de un texto. Siguiendo el misterio del códice, sólo dos plantas han podido identificarse y la experta en botánica medieval, Karen Reeds, las califica como “fantasmagóricas”.

La segunda sección tiene un tema astronómico, con más diagramas que texto. Hay soles, lunas, estrellas y constelaciones. La siguiente sección da la impresión de ser una lección de biología entre mágica y científica: hay ninfas bañándose en tinas o estanques. La cuarta sección es breve, apenas una hoja plegada de seis caras con dibujos de medallones circulares . La quinta sección vuelve a la biología: es un catálogo de más de cien especies de hierbas y raíces medicinales, cada una con su nombre y descripción. Finalmente, la última parte del manuscrito son párrafos cortos (sin ilustraciones) que podrían ser recetas o instrucciones alquímicas pero es imposible saberlo con certeza.

Algunos expertos no sólo querían descifrar el manuscrito sino identificar a su autor. William Romaine Newbolde, profesor de filosofía de la Universidad de Pensilvania, aseguraba que el autor era el filósofo, teólogo y científico inglés, Roger Bacon (lo mismo pensaba el propio Voynich). La teoría de Bacon como autor fue desechada por John Manly y William Friedman, criptógrafo y filólogo respectivamente, aunque ninguno de ellos pudo arrojar luz para descifrar el voynichés.

A su muerte, Voynich heredó el manuscrito a su esposa Lily (Ethel Boole), quien en 1960 lo vendió al bibliófilo y coleccionista Hans Peter Kraus. Kraus fracasó en su intento de venderlo y optó por donarlo a la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale nueve años después, lugar donde se encuentra actualmente y donde Umberto Eco tuvo oportunidad de hojear sus páginas.

¿Cuál es el secreto que esconde el Manuscrito Voynich? ¿Magia? ¿Alquimia? ¿Tratado imaginario de plantas y planetas? No estamos más cerca de descubrirlo que cuando Voynich lo vio por primera vez en 1912. Pero, para los curiosos, es posible obtener una edición facsimilar publicada por la editorial de la Universidad de Yale (2016) y, con un poco de suerte, una edición facsimilar de encuadernación artesanal y limitada a 898 ejemplares de la editorial española Siloe.


  1. Siruela, Jacobo: Libros, secretos. Ed. Atalanta (2015). p.18 

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