Gay Talese se asoma por la ventana de su dormitorio, en el tercer piso de un edificio del Upper East Side neoyorkino. Observa la calle, se visualiza como un peatón y entonces decide qué ropa va a ponerse. Sube al cuarto piso y elige un traje color azul eléctrico, confeccionado a medida por un sastre francés como todos los de su colección. La camisa, de cuello blanco, es de un azul más suave con rayas blancas. Sobre ella va un chaleco del mismo tono que el traje. Zapatos de vestir negros, mancuernillas, corbata amarillo mostaza, sombrero caqui estilo Panamá y un pañuelo rojo en el bolsillo del saco le dan el toque final a su atuendo.

Cualquiera diría que se ha vestido para asistir a la inauguración de una exposición en el Museo de Nueva York. Sin embargo, casi nunca pasa más de cinco minutos en el exterior. En ocasiones sólo su esposa alcanza a darle un vistazo a su elegante vestimenta. Para ir a trabajar, Talese abre la puerta de su casa, baja once escalones hasta la acera y después un par más que lo conducen a una puerta debajo del edificio donde vive. Es la entrada a “un lugar en Nueva York donde un escritor puede trabajar sin ninguna distracción”.

Talese lo llama “el bunker” y hace muchos años era una bodega de vinos. Es un espacio estrecho aunque sin duda más grande que muchos departamentos de Manhattan. No tiene puertas internas ni ventanas así que no alcanza a escucharse el bullicio de la ciudad ni del mundo entero porque tampoco hay teléfono ni conexión a Internet. Lo más moderno que puede encontrarse es una computadora con monitor de tubo en la que Talese copia lo que previamente tenía a máquina y que, antes de eso, escribió a mano.

Cuando llega al bunker vuelve a cambiarse de ropa. Se quita el sombrero y cambia el saco y la corbata por un suéter y una bufanda. El padre de Talese fue un sastre que emigró de un pequeño pueblo italiano y se estableció en Ocean City, Nueva Jersey. Talese, ya desde niño, se distinguió por su ropa: su padre le hacía toda su vestimenta y era siempre perfecta, siempre elegante. Su padre era un artesano de la tela, era cuidadoso con todos los detalles de los trajes que hacía: tenían que verse bien y durar en el tiempo. Talese escribe sus textos como su padre cosía sus trajes, despacio y de forma cuidadosa: “Siempre tuve conciencia del mañana. Pienso que lo que hago, lo que hice, formará parte de la historia”. Esta idea ha resultado ser cierta pues algunos de sus libros (Honrarás a tu padre, La mujer de tu prójimo) son clásicos del periodismo y sus perfiles de Frank Sinatra —elegido por los editores de Esquire como la mejor pieza que se ha publicado en la historia de la revista—, Floyd Patersson, Joe DiMaggio o Peter O´Toole, entre otros, publicados en revistas durante los setenta y ochentas, están considerados como piezas de referencia para comprender el llamado Nuevo Periodismo.

La primera vez que Talese estuvo en Nueva York se presentó en las oficinas del New York Times para hablar con Turner Catledge, uno de los editores del periódico.

—¿Tiene una cita, joven? —preguntó la recepcionista.
—No —respondió Talese.
—Bueno, el señor Catledge está muy ocupado ¿Para qué quiere verlo?
—Conozco a su primo.

Talese recuerda que la recepcionista lo miró como si fuera un lunático. Pero usaba las ropas hechas por su padre así que “al menos era un lunático muy bien vestido”. Tras seis horas de espera pudo ver a Catledge y esa misma tarde, con 21 años, fue contratado como ayudante. Una semana y media después ya había publicado su primera nota en el famoso Times de Nueva York: era un breve perfil de James Torpey, el encargado de escribir los titulares de noticias que aparecían en la marquesina sobre uno de los edificios de Time Square, “la encrucijada del mundo”.

¿Qué es lo que hay en el bunker de Gay Talese? Dos sofás, dos escritorios, un baño, una pequeña cocina, café, jugo de naranja, muffins. Y cajas, muchas y de tamaños distintos. Algunas están apiladas, otras en estantes o en el piso, la mayoría cerradas. Están forradas como cualquier adolescente habría decorado su baúl de recuerdos: con un collage formado de fotografías, dibujos, recortes de periódicos y revistas. Dentro de cada caja están los documentos que respaldan todos los libros y artículos que Talese ha escrito: desde el perfil de Torpey hasta su más reciente libro, El motel del voyeur1. Hay fotografías, borradores y sus clásicas tarjetas de cartón con bordes redondeados que caben en el bolsillo interno de su saco. Todas atiborradas de notas y observaciones.

La bibliografía de Talese abarca temas diversos. Su primer libro fue Nueva York: los paseos de un afortunado y pone en relieve las vidas de personajes oscuros que habitan la ciudad. Dos años después, en 1963, escribió El puente, centrándose en la vida y amores íntimos de algunos obreros que trabajaron en la construcción del puente Verrazano-Narrows, que conecta los distritos de Brooklyn y Staten Island y que es el séptimo puente colgante más largo del mundo. El reino y el poder (1969) fue su primer best-seller y es un recorrido por los antecedentes familiares y las relaciones interpersonales de sus antiguos compañeros del New York Times, donde trabajó entre 1955 y 1965. Cuando dejó su trabajo en el diario, las piezas de Talese se publicaron, principalmente, en la revista Esquire pero también continuó escribiendo libros. En 1971 publicó Honrarás a tu padre, un libro cuyo tema central era la mafia pero que también versaba sobre las vidas privadas de los gángsteres y sus familias. Después del crimen organizado sólo podía venir el sexo: La mujer de tu prójimo (1981) rastreó la redefinición de la moralidad desde los años treinta hasta la época de liberación sexual previa a la epidemia del SIDA en los ochenta. Finalmente, en 1991 salió el más personal de sus libros: Los hijos, resultado de su voluntad por revelarse por completo ante el lector. La historia de la familia Talese, desde su bisabuelo hasta él, están en ese volumen de cerca de 800 páginas.

El que mira por primera vez podría tener la sensación de que allí dentro reina el caos. En realidad todo está meticulosamente etiquetado, ordenado y accesible. “Muchas personas coleccionan cosas pero después no pueden encontrarlas. Yo sí, yo sé dónde está todo. Esto es un registro de cada lugar donde he estado, las personas que he conocido, todo lo que he hecho desde la década de los cincuenta. Soy un documentalista de lo que hago, lo que veo, lo que conozco”, dice Talese.

A sus 84 años, en 2016, Talese afirmó que todas las personas que había entrevistado —miles— y todas las personas sobre las que había escrito —cientos— le contestarían el teléfono y volverían a hablar con él. Se reconocía impecable en sus textos. Justo. Y esto le causaba mucho orgullo.

Decía que no tenía nada que corregir. Y entonces publicó El motel del voyeur.


Conozco a un hombre casado, con dos hijos, que hace muchos años compró un motel de 21 habitaciones cerca de Denver para convertirse en su voyeur residente.

Así comienza El motel del voyeur. El hombre del que habla Gay Talese es Gerald Foos, quien se define a sí mismo como “el voyeur más espectacular del mundo”. Desde finales de los años sesenta y hasta mediados de los noventa fue el encargado del “Manor House Motel” y allí espió, sin ser descubierto, la intimidad de miles de huéspedes: hombres, mujeres, parejas, familias y criminales. Desde una “plataforma de observación”, que construyó con ayuda de su esposa, Foos observó la vida secreta que transcurría en las habitaciones de su motel. Más importante aún, anotó de manera minuciosa todo aquello que le llamaba la atención, lo cual casi siempre eran las actividades y costumbres sexuales de sus huéspedes.

Talese supo de la existencia de Foos a través de una carta escrita a mano que le llegó a su casa de Nueva York en los primeros días de 1980. En la carta, el voyeur le ofrecía sus diarios “para futuros libros” y lo invitaba a conocer su motel, siempre y cuando Talese aceptara no divulgar su identidad. La curiosidad de Talese se despertó: quería saber si se encontraba ante un “voyeur trastornado” o ante un hombre con “infinita curiosidad” (como él mismo se ha definido en varias ocasiones).

Después de pensarlo por un par de días, Talese respondió aceptando la invitación y el 23 de enero conoció en persona a Gerald Foos. Desde que leyó la primera carta, Talese se cuestionó sobre la ilegalidad de las actividades de aquel hombre aunque eso no le impidió, en esa primera visita, acompañar al dueño del motel en el ático y que ambos observaran a una pareja enfrascada en una sesión de sexo oral. Ahí arriba había dos voyeurs, no un periodista y un voyeur.

Exterior del Manor House Motel

Cuando Talese abandonó Denver, un par de días después, había decidido que no escribiría sobre Gerald Foos. Era imposible que lo hiciera pues Foos no quería divulgar su nombre y él se negó a contar la historia del voyeur sin ese dato fundamental.

Sin embargo la correspondencia entre ambos no cesó. Foos mandó a Talese sus diarios y éste seguía con interés sus relatos. Fue necesario que transcurrieran 33 años para que Foos tomara el teléfono e informara a Talese que estaba listo para que su historia, con nombre y apellido, fuera contada.

El 11 de abril de 2016 la revista The New Yorker publicó un adelanto de 13 mil palabras de El motel del voyeur. Por primera vez salían a la luz las andanzas de Gerald Foos pero las alarmas se encendieron rápidamente. Talese se había metido en un embrollo con un voyeur poco confiable.

El Washington Post fue el primero en cuestionar la historia aparecida en The New Yorker. La duda era específicamente sobre una parte crucial del relato: el asesinato que Foos afirmó haber visto desde la plataforma de observación el 10 de noviembre de 1977. Foos narró en la entrada de su diario que un hombre estrangulaba a su pareja creyendo que ella le había robado un paquete de drogas. Foos observó toda la escena y sólo llamó a la policía a la mañana siguiente cuando la mucama le informó que en la habitación diez había un cadáver. Pero quizá lo más grave es que Foos no sólo no habría hecho nada por evitar el crimen sino que también pudo haber sido el causante: fue él quien, horas antes, entró a la habitación de la pareja y tiró el paquete de drogas por el retrete.

Talese intentó verificar el relato de Foos en los registros de la policía local pero no encontró nada que pudiera corroborarlo. Talese prefirió atribuir la falta de pruebas a un posible descuido de Foos (“Durante estos años, mientras me adentraba en la historia de Foos, encontré varias inconsistencias —principalmente en cuanto a fechas— que ponen en entredicho su confiabilidad”) y también a cuestiones burocráticas: “En las llamadas telefónicas que realicé dos antiguos oficiales me dijeron que no era imposible que no hubiera registros de un caso como el que yo describía: la identidad de la víctima era desconocida y el crimen ocurrió antes de que la policía mantuviera registros digitales”.

El Washington Post se preguntaba si el crimen que narraba Foos realmente había ocurrido. Su teoría, sin embargo, era que el voyeur se había inspirado en un asesinato que ocurrió días antes en un hotel de Denver, a quince kilómetros del “Manor House Motel”. El cuerpo de Irene Cruz fue encontrado en su habitación por una mucama y la policía sostuvo que había sido estrangulada aunque nunca encontraron al culpable. El crimen contra Cruz, a diferencia del que narró Foos, sí está archivado en el Buró de Investigaciones de Colorado.

El descubrimiento que realmente hizo tambalear a Talese, quien hasta desautorizó su propio libro por un par de horas, apareció sólo unos días antes de la publicación. Esta vez el Washington Post revelaba discrepancias entre el relato del voyeur y los registros de propiedad de la ciudad. En el libro Foos afirmaba haber sido el dueño del motel desde 1965 hasta 1996 pero, en realidad, lo había vendido en 1980 y readquirido hasta 1988.

Talese se enteró de la venta del motel a través del diario y dirigió su sorpresa y furia hacia el protagonista de su historia: “La fuente de mi libro, Gerald Foos, no es un sujeto confiable. Es un hombre sin honor, totalmente carente de honor. Sé que hice lo mejor que pude con este libro pero quizá no fue suficiente (…) No voy a promocionar este libro… ¿Cómo me atrevería a hacerlo si su credibilidad se ha ido por el retrete?”.

Sin embargo, al día siguiente Grove Press, la editorial del libro, y Gay Talese emitieron un comunicado respaldando El motel del voyeur:

“Cuando hablé con el reportero del Washington Post estoy seguro que estaba sorprendido y enojado por el cambio de propietarios del motel en los ochenta. Esto ocurrió después de la mayoría de los eventos que están descritos en mi libro pero estaba enojado y posiblemente dije cosas que creo de verdad. Déjenme ser claro: ni yo ni mi editorial estamos desautorizando mi libro. Si, después de todo, hay detalles por corregir en ediciones posteriores, lo haremos”.

El 12 de julio del 2016 salió a la venta la primera edición de El motel del voyeur. Un ciclo, que había comenzado casi cuatro décadas antes, cuando terminaba de escribir La mujer de tu prójimo, había llegado a su fin.


Gay Talese no recuerda si fue él, o su esposa Nan, quien vio el anuncio “Mujeres desnudas en vivo” que sobresalía del segundo piso de un edificio en la Avenida Lexington de Nueva York. De lo que sí está seguro es que fue él quien sugirió subir para dar un vistazo.

—No, no. Ve tú, yo te espero en casa —respondió su esposa.

En el segundo piso Talese descubrió un local de masajes eróticos donde las chicas cobraban hasta $25 dólares por masturbar a los clientes. Volvió a ese sitio en los días siguientes, cada vez más convencido de que había encontrado el tema para su próximo libro: el sexo. Lo que no podía imaginarse es que su nueva obra le llevaría diez años de trabajo, marcaría un antes y un después en su carrera profesional, pondría a su matrimonio bajo un escrutinio constante y sería, en opinión de su psicoanalista, un “suicidio literario”.

Para encontrar a los personajes de su libro, para conocerlos, quizá habría bastado sólo con entrevistarlos. Talese, sin embargo, fue más allá: consiguió que varias de las masajistas tomaran notas para su investigación (“Convertí a las masajistas en reporteras y les pagué por ello”) mientras él mismo trabajaba, como gerente, en dos locales de masaje de la ciudad. Durante casi dos años su rutina inició al mediodía cuando abría “The Middle Earth”, ubicado a sólo una cuadra del edificio de Random House donde Nan trabajaba como editora. Así, mientras Nan leía manuscritos y mejoraba frases de novelas, su esposo pasaba las páginas de un álbum con fotografías de las chicas disponibles para que el cliente hiciera una elección. Talese cobraba por adelantado el servicio de la masajista, mandaba al cliente a una habitación y media hora después lo despedía de forma amable mientras la chica se dirigía al baño para lavarse las manos. A las siete de la noche Talese terminaba su turno en “The Middle Earth” y llegaba a su trabajo nocturno en “The Secret Life”, donde tenía también la responsabilidad de registrar a los clientes antes de que pasaran a las habitaciones.

Talese nunca ocultó a Nan las actividades que realizaba como parte de su investigación, aunque quizá fue demasiado lejos cuando llevó a cenar a su casa de Nueva York a dos posibles personajes de su libro: una masajista y su novio, un doctor. Durante la cena el doctor intentó un acercamiento con Nan y la noche tuvo un final abrupto. “Es tu libro, es tu manera de investigar. Pero de ahora en adelante déjame fuera de esto”, le dijo Nan.

Sus peculiares técnicas de reporteo llegaron al gran público cuando Aaron Latham, periodista de la revista New York, preguntó a Talese si podía acompañarlo a los locales de masaje para conocer su manera de investigar. Aunque Nan se opuso a que Gay colaborara para el artículo (“No vas a terminar tu libro hasta dentro de mucho tiempo”, le dijo a su esposo, “y siento que uno no habla de un libro hasta que ya está escrito”), él le hizo a Latham otra propuesta: se ofreció a llevarlo a “The Fifth Season”, un elegante spa nudista de Nueva York. El resultado fue el texto titulado “Una tarde al desnudo con Gay Talese”.

En la historia de Latham, Talese se despoja de sus trajes y se mueve en el mundo de la desnudez con sorprendente naturalidad: juega volley en la piscina, hace una rutina de sentadillas, muestra sus dotes de masajista en el sauna y se permite un baile lento con Amy, una masajista de “The Middle Earth”. Al terminar de bailar, Amy le reclama en tono amigable que él nunca haya estado con ella mientras fungió como gerente. Luego, calmadamente, agarra el pene de Talese.

—Voy a arrancartelo —dice Amy.

—Me encanta, me encanta —responde Talese—, Hazlo. He soñado con esto. Fantaseo con esto.

La tarde avanza. Mientras Nan está en casa revisando la tarea de sus hijas, Talese disfruta cerca de la alberca “como una especie de San Juan Bautista decadente esperando a nuevos creyentes”. Latham se separa de Talese ya entrada la noche cuando han abandonado el spa. Pero para éste la noche aún no termina: se despide de Latham y entra a otro edificio donde un grupo de amigos han propuesto realizar una orgía.

El artículo puso al matrimonio Talese, que llevaba catorce años de existencia, y al libro, que tardaría ocho años más en ser publicado, bajo un fuerte escrutinio público. Un periodista escribió una nota titulada “¿Puede salvarse este matrimonio?” y, cuando el libro finalmente salió a la venta, Gore Vidal no pudo evitar bromear: “Dios, hemos leído tanto sobre él que este ya debe ser el volumen tres”. Hasta el día de hoy, Talese se arrepiente de haber aceptado colaborar con Latham:

“Cualquier orgullo que yo pudiera tener por la manera en la que trabajaba se esfumó. Daba la impresión de que yo estaba teniendo una experiencia erótica, corriendo desnudo de un lado al otro, encima con los gastos pagados, y decía que era ‘investigación’ (…). Para peor, seis semanas antes de que se publicara el libro, United Artists pagó $2.5 millones de dólares por los derechos del libro. Así que ahora no sólo soy un pervertido con dos hijas inocentes y una esposa sino que también soy rico. ¡Es demasiado!”.

Talese sintió que el reportaje hacía que sus métodos parecieran triviales pero él siempre consideró que no podría haber realizado el libro de otra manera: “Para llegar a conocer a esas personas, para estar en su cabeza, sentía que tenía que estar allí. Más que eso, tenía que estar allí de una forma en la que yo no fuera distinto a ellos. Por ejemplo, cuando vas a Sandstone (una comunidad nudista y liberal en Los Angeles) tienes que quitarte la ropa. La primera vez fue raro para mí, especialmente por mi edad y mi historia. Pero a la cuarta o quinta vez ya no fue raro. Y entonces estaba viviendo allí, desnudo mañana, tarde y noche. Hasta que confiaron en mí y yo confié en ellos”.

Gay Talese en 1982

Por su parte, Nan, acostumbrada a trabajar desde las sombras, a que el autor es el único que brilla, también fue arrastrada al torbellino mediático. Pero se negó a jugar el papel de esposa humillada que la prensa insistía en asignarle.

“Había una suposición enorme: que yo estaba sufriendo terriblemente y que mi esposo había hecho algo fatal. Pero lo cierto es que él me llamaba todas las noches desde dondequiera que estuviera. Y no importa todo lo raro que aquello haya sido, nunca me sentí abandonada o no amada por él”, dijo en 2009 cuando La mujer de tu prójimo tuvo una reedición, “El libro resultó ser brillante”.

El libro se publicó en 1981 y se convirtió en un best-seller. Había transcurrido una década desde que Talese entrara por primera vez al local de masajes de la Avenida Lexigton. Y conocía, desde un par de meses atrás, al propietario de un motel en Colorado llamado Gerald Foos.


¿Por qué Gay Talese se obsesionó con contar la historia de Gerald Foos? Quizá haya jugado un papel muy importante la identificación que sintió con su propio personaje. “No creo que haya mucha diferencia entre un voyeur y yo”, dijo en una ocasión, “los buenos periodistas son voyeurs en realidad”. También estaba convencido de estar ante una historia genial: “(Gerald Foos), y esto nadie lo pone en duda, fue un voyeur de proporciones épicas y, tal como digo muy claro en el libro, también podía ser un narrador poco confiable de su propia historia”.

La historia de Foos puede ser sorprendente pero, desafortunadamente, no está muy bien contada; carece de la marca Talese. Esta vez Talese se conforma, la mayor parte del tiempo, con ejercer el papel de copista del diario de Foos, que muy pronto se vuelve repetitivo. ¿Cuántas veces puede ser interesante leer sobre parejas que tienen sexo? ¿Sobre personas que comen en la cama y manchan de grasa las sábanas? Ni la historia ni los personajes terminan de despegar en lo que parece más bien una recopilación de anécdotas, la mayoría sexuales, sin ningún hilo conductor.

El problema final no es el estilo. Es quizá la sensación (poco agradable) de que la historia es sólo un poco verdad. Lo ha dicho la editorial y el propio Talese: no importa que Foos haya mentido sobre los años en los que vendió el motel; la mayor parte de los hechos narrados en el libro ocurren antes de 1980. Lo interesante es que durante todo el libro Talase sabe que está caminando al borde del abismo y por eso se preocupa de aclarar, muchas veces, el recelo que le causa su única fuente. Aún así, está dispuesto a sacar adelante la historia que arrastró durante tantos años.

Talese es un ícono del Nuevo Periodismo y por eso su tropezón, su descuido, acaparó durante meses espacio en la prensa. Pero no es la primera vez que se han cuestionado ciertas “libertades” que grandes periodistas se han tomado para que un texto sea más literario, funcione mejor. Richard Kapuscinski, John Hersey, Truman Capote o Joseph Mitchell tienen en artículos, inclusive en libros, comprobadas dosis de fabulación, especialmente en personajes. La técnica de “composición” fue usada con frecuencia: armar un personaje ficticio con base en la información obtenida de varias entrevistas. Mitchell lo hizo en el perfil “El viejo Mr. Flood”, un anciano de 95 años que no existía sino que era una mezcla de muchos viejos con los que Mitchell habló. Michael Herr, en su libro sobre Vietnam, hizo lo mismo al inventar a un General construido “a partir de una docena de tipos raros con los que me he encontrado en Vietnam, y sobre todo de un coronel de las Fuerzas Especiales que conocí en el delta”.

La carrera de Talese no está en peligro, aunque es claro que la mejor manera de concluirla no es con el libro del voyeur. Por eso sabe, desde hace muchísimo tiempo, qué es lo último que desea publicar.


El libro que Gay Talese quiere terminar de escribir es la historia de su matrimonio. Ese era el proyecto que lo mantenía ocupado antes de que Foos volviera a aparecer en su vida. Es periodismo de inmersión en estado puro: los personajes principales son él y su esposa. Y la pregunta que Talese quiere responder es ¿Cómo dos personas pueden estar juntas más de cincuenta años? Para hacerlo está revisando con cuidado las cinco cajas que están en su bunker etiquetadas con la palabra “Matrimonio”.

La idea del libro germinó cuando terminó La mujer de tu prójimo y comenzó a escribirlo en 2009. Su investigación, por otro lado, llega hasta 1957, dos años antes de casarse con Nan. En las cajas hay documentos, fotografías, anotaciones y cartas. “Si es una carta de queja”, dice Talase, “entonces escribo mi propia versión del incidente. Trato de escribirlo como si intentara definir para un historiador qué fue lo que pasó”. También contrató a dos reporteros que han entrevistado a su esposa durante varias horas sólo porque quería leer su lado de la historia “como si fuera un outsider”.

A sus 85 años, Talese tuvo que colocar una nota aclaratoria al final de la segunda edición de El motel del voyeur (la primera edición en español de Alfaguara ya la trajo incorporada) y quizá Gerald Foos no quiera volver a saber de él. Pero esto no le ha impedido seguir trabajando, una vez más y a contra reloj, en un libro sobre el que lleva pensando los últimos 36 años de su vida.

  1. Alfaguara, 2017 []