Los libros tienen un magnetismo inherente. Son capaces de atraer, desde muy lejos, a la persona que ansiosamente los está buscando. Además, si quien los busca es tímido y no se anima a preguntar por él, el libro se pondrá en su camino, se hará visible, buscará un contacto visual tan fuerte con su futuro dueño que éste no se verá ni siquiera en la necesidad de emitir palabra.

Acá van dos pequeñas historias para ilustrar esta teoría.

1

A mediados del año pasado una persona encargó el libro Capitanes y Reyes de Taylor Caldwell. Le advertí que iba a ser casi imposible conseguirlo nuevo pero que, con un poco de suerte, podría tenerlo usado en algún momento. Guardé el encargo en mi memoria pero salió a la luz meses después, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL).

La FIL es la mayor feria del libro en español y tiene, entre otras cosas, una pequeña sección para las librerías de viejo. Allí el cazador de libros puede pasar horas escrutando pilas de libros en equilibro precario o estantes con leves curvaturas por el peso que han cargado por años y finalmente obtener su recompensa.

Yo, por el contrario, disfruté del magnetismo de mi libro. Caminaba por el pasillo y giré mi cabeza hacia una de las muchas pilas de libros que poblaban un stand. Y en la cima, como mirándome, estaba Capitanes y Reyes de Caldwell, edición de Grijalvo de 1980.

El libro viajó conmigo de regreso a Chiapas y a los pocos días la persona que lo quería llegó por él. Pensó que me había olvidado del encargo pero me agradeció haberlo conseguido no sin antes preguntarme: “¿Te costó mucho encontrarlo?”.

2

A veces pido libros sólo por el placer de tenerlos en la librería pero con una cierta certeza que su venta será casi una locura quijotesca (a veces por el tema, a veces por el precio y la mayoría de las veces por ambas cosas). Uno de estos libros orgullo fue Diarios amorosos de Anaïs Nin, un volumen de más de 700 páginas editado por Siruela que incluye Incesto y Fuego.

Su precio, dirían algunos, es desmesurado.

Apenas llegar, saqué el libro de la caja y lo coloqué, no de perfil sino de frente, en la parte superior de un librero para que disfrutara de una vista privilegiada. Pensaba, por supuesto, que ya que el libro pasaría algunos años con nosotros, lo mejor es que estuviera cómodo.

Ese mismo día mi hermana me preguntó por él. Si bien el precio le pareció desmesurado prometió que ahorraría y, tarde o temprano, lo compraría.

—No te preocupes —dije yo—, no creo que tengas mucha competencia.

Al día siguiente entró una persona a los pocos minutos de abrir la librería. Miró la mesa de novedades y preguntó:

—¿Tendrás los Diarios de Anaïs Nin?

Caminé hacia el librero, bajé el libro de su posición de privilegio y se lo entregué. Él lo tomó, lo giró y la etiqueta con el precio no pareció sorprenderlo en absoluto.

—Hacía mucho que lo estaba buscando. Me lo voy a llevar.

Y así lo hizo.


Hoy sólo tengo estas dos historias pero en la librería han ocurrido otras situaciones similares que contaré en el futuro.