—Cambio dólares, cambio. Pago más, cambio dólares, euros, cambio.

La oferta de cambio de divisas es el grito de guerra de la calle Florida, la peatonal más famosa de Buenos Aires. Florida se extiende a lo largo de diez cuadras y en ella conviven librerías, tiendas de ropa, shoppings, restaurantes, locales de comida rápida, joyerías, casas de cambio, artesanos, vendedores ambulantes y volanteros.

—Cambio dólares, euros. Vendo, compro, cambio dólares euros.

La cantaleta sale de la boca de un hombre fornido que usa sombrero de cuero de ala ancha, lentes de pasta y tiene barba abundante. Pero son varios más los que, en una misma cuadra, prometen, a viva voz, pagar mejor. Son los arbolitos, las personas que desde muy temprano y hasta el final de la jornada laboral dominan la peatonal ofreciendo comprar y vender dólares, reales o euros por fuera del mercado que regula el Banco Central de la República Argentina.

Salgo del subte, camino por Florida en dirección a Plaza de Mayo y no tardo en divisar a los primeros arbolitos. No me acerco a un chico joven con campera de cuero ni a otro, más adelante, que recita su parlamento atento a la pantalla de su celular. Tras andar una cuadra elijo al hombre del sombrero, sin más referencias que su look de vaquero moderno.

—¿A cuánto está para vender? —pregunto como si estuviera indagando por el precio de un kilo de milanesas.

—¿Vos tenés dólares?

—Sí. Bueno, cien nada más.

—A 10.90 te los compro. Pero acá no, nunca cambiés en la calle. Vení.

Con ese consejo empieza a caminar sin ni siquiera esperar mi respuesta. De todas maneras el cambio es bueno. En el banco el cambio sería a ocho pesos y precisamente por este amplio margen entre el dólar oficial y el dólar blue —así se le conoce en Argentina al dólar paralelo— es que muchos prefieren hacer sus transacciones con los arbolitos de la calle Florida o, si la suma de dinero es importante, en una de las muchas cuevas escondidas en los edificios del microcentro.

Las cuevas son los lugares donde se opera con dólar blue, no existen restricciones cambiarías y nadie pregunta nada, ni sobre el origen o el destino de los fondos. Tuvieron su auge —al igual que los arbolitos— cuando en octubre de 2011 el gobierno argentino anunció que no permitiría adquirir moneda extranjera para atesoramiento. En ese momento explotó la fiebre del dólar y la popularidad —y el precio— del blue subió como la espuma. A principios de este año, la medida se flexibilizó y, aunque muchos argentinos ya van al banco para comprar dólares, los servicios de cueveros y  arbolitos siguen siendo muy requeridos.

Lo sigo. Vamos a la par y con destino desconocido, al menos para mí. A él deben conocerlo todos y por eso no puedo evitar sentirme muy observado. Está claro que hay al menos un par de personas que saben exactamente lo que estoy por realizar.

—¿De dónde sos vos?

Hace cinco años que vivo en Argentina pero mi acento aún me delata como extranjero. Hace cinco años que vivo en Argentina pero esta pregunta —inevitable— es la que abre cada conversación con cualquier persona que acabe de conocer. Hace cinco años que la respondo, cada vez con menos ganas.

—De México pero hace mucho que vivo acá.

Mi acompañante se sorprende.

—¡De México! —exclama con alegría—. Menos mal, estoy harto de los colombianos y los venezolanos. Son los que más vienen por acá. Yo soy de Río. Me llamo Don Alejandro.

No me pregunta mi nombre y yo tampoco se lo digo. Seguimos andando hasta que entramos a una galería. Al fondo hay una joyería, Don Alejandro abre la puerta y entramos.

—¿Dónde se metió el pibe? —pregunta, a modo de saludo, a la chica que está detrás del mostrador.

—Salió pero vuelve rápido —contesta la encargada—. Parece estar acostumbrada a esas entradas y salidas porque vuelve a fijar la atención en su celular, sin ningún interés por intentar una venta.

—Ya vuelve. —me confirma Don Alejandro aunque no tiene manera de saberlo con certeza—. Sabés que en Río tengo dos amigos mexicanos. Muy alegres, toman mucho y faaa —alarga la a con la boca muy abierta—, no sabés el picante que comen.

Incluso Don Alejandro, con su oficio tan particular, no puede evitar llenar los silencios con una charla de lugares comunes.

—Una vez salimos de fiesta los tres. A uno recién lo conocía y no sé cómo salió que se dedicaba a hacer tatuajes. Yo siempre había querido tener uno. Mirá, esto lo hizo él.

Arremanga su camisa para mostrarme el antebrazo. El tatuaje es la calavera de la bandera pirata pero en lugar de los huesos cruzados hay dos espadas. La calavera sonríe, sin asomo alguno de amenaza. Mantiene visible el tatuaje unos segundos más y finalmente vuelve a cubrirlo.

—¿Está bueno, no? No lo vas a creer pero el mexicano hizo el tatuaje después de haber tomado faaa, un montón. Me había prometido que lo iba a hacer después de la joda pero yo lo veía tomar y tomar y en un momento le pregunté ¿Vos estás seguro? ¿No querés dejarlo para otro día? Y él decía: tú no te preocupes, tú no te preocupes. Volvimos a mi casa en la mañana, buscó en Google y mirá. Quedó copado.

Como si estuviera ensayado, apenas Don Alejandro termina su historia, un chico abre la puerta de la joyería y toma su lugar detrás del mostrador.

—Cambiáselo a 10.90. —le ordena Don Alejandro—. Chau pibe, volvé cuando quieras.

El chico me pregunta cuánto voy a cambiar. Le entrego un único billete verde. Él abre un cajón y saca un fajo de billetes de cien pesos.

—¿Te sirven diez pesos así no buscás cambio?

—Dale, buenísimo. ¿Sabés reconocer los billetes falsos? ¿De dónde sos vos?

—De México pero hace mucho que vivo acá. —respondo en automático mientras guardo los billetes—. Chau, gracias.

Salgo de la galería. Camino con dirección a Plaza de Mayo y paso al lado de Don Alejandro que ya ha reanudado su labor a pesar de que, sin previo aviso, gotas de lluvia han comenzado a caer sobre la peatonal.

—Cambio dólares, euros, pago más. Cambio cambio…