La siguiente historias surgen a raíz del post “Son sólo fichas”. Es una situación verídica que ilustra un poco el curioso intercambio económico que puede ocurrir dentro de un casino, un lugar donde las propinas están siempre a la orden del día salvo para la prensa pokeril que, con excepciones (como la siguiente), es completamente ignorada en ese intercambio.

Escena 1:

Hasta en el fin del mundo hay casinos. Llegué a Ushuaia en verano, una época inusual de visita, para reportar la final de un circuito de poker argentino. Por lo que costaba jugar el torneo, y quizá por la cantidad de kilómetros que era necesario recorrer desde Capital, no hubo tantos jugadores como en otros eventos. Eso sí: había muchos de los mejores del país.

Había también un jugador que sobresalía, por su edad, entre el grupo de jóvenes profesionales que viajó a Ushuaia. Me dijeron que era dueño de miles de animales y que, de más está decirlo, “la tenía toda”. Durante los tres días que duró el torneo fue el dolor de cabeza de sus rivales: armado con sombrero de paja de ala ancha y gafas de sol hizo lo que quiso en la mesa; contra todo pronóstico ganó el torneo y recibió el aplauso, a saber si sincero, de todos los presentes.

Mi compañero de labores periodísticas y yo, las únicas dos personas acreditadas como prensa, charlamos con el eventual campeón durante casi todos los descansos a lo largo de tres días. Su rutina era sencilla: de los veinte minutos que tenía para relajarse, diez los usaba para jugar en una máquina tragamonedas y diez para fumar un cigarrillo en la puerta del casino. Allí nos encontraba a nosotros y nos contaba sus hazañas y desventuras en la mesa.

En alguno de esos descansos bromeamos con que, por tanto escucharlo, algo nos tenía que tocar si ganaba. “Por lo menos una gallina para un caldo”, le dijimos. Sólo se reía y aprovechaba ese momento para volver al casino. Si le daba tiempo decidía enfrentarse de nuevo a una de las múltiples tragamonedas que había de camino a la mesa del torneo. Podía ganar cientos de miles de pesos en el torneo pero no podía evitar poner cien pesos para ver si tenía suerte.

Finalmente ganó el torneo. Después de la premiación, de las respectivas fotografías y palabras de agradecimiento, lo vimos caminar hacia nosotros. Llegó a la mesa de prensa me extendió y dijo: “Esto es para ustedes por su laburo”. Fue todo tan rápido que sólo le agradecí y no pude ni felicitarlo por su victoria.

Poco después mi compañero de prensa  (él también fuma) y yo salimos al aire libre y, lejos de las miradas, contamos el obsequio del campeón. A cada uno nos correspondía más del sueldo oficial por esa cobertura.