Hace unas semanas leí el más reciente libro de Umberto Eco, que es más bien un conjunto de charlas con Jean-Claude Carriére guiada por Jean-Philippe de Tonnac en torno a los libros, su presente, pasado y futuro. El título es certero: Nadie acabará con los libros. La tesis de Eco es sencilla y afirma que el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. “Una vez se han inventado no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo…”.

Por supuesto, el libro es una defensa apasionada del libro, además realizada por dos bibliófilos poseedores de algunos cientos de incunables en sus (envidiables) bibliotecas. En la primera charla Carriére y Eco discuten sobre los soportes virtuales y los soportes físicos (CD, DVD) que han ido quedando obsoletos a una velocidad vertiginosa a pesar de que, cuando fueron lanzados, lo hicieron con la firme promesa de ser el Soporte Definitivo. Por el contrario, más de quinientos años después todavía existen textos en papiros y, si fueramos suficientemente afortunados, podríamos poner nuestras manos en una Biblia de Gutenberg, el primer libro realizado en imprenta.

Todo esto viene al caso porque hace unos días, no sé quien se haya dado cuenta, Equívocos desapareció de la red. Y además Diez Pesitos, Teatro Horizontal, Medusa También Hablaba y otros sitios que ni quiero recordar. El servidor donde están hospedados tuvo un fallo crítico y, para colmo, el respaldo también sufrió del mismo mal. La respuesta del soporte técnico fue desoladora: Estamos haciendo todo lo que podemos pero todo lo que podemos hacer es insuficiente.

Tocó esperar y pensar en lo efímero de los soportes durareros. Unos días después me resigné y comencé a escarbar en el caché de Google para recuperar lo más posible. Afortunadamente Google tenía casi todo guardado y, salvo los comentarios y las imágenes, la mayor parte de cosas está en su sitio, al menos en lo que a Equívocos se refiere. Aún hay que buscar en la inmensidad de la red un montón de historias que fueron escritas en otros blogs.

Estoy feliz porque nadie acabara con los libros. Por otro lado, también estoy feliz porque, guardando las proporciones, gracias a Internet evité mi propio incendio de Alejandría.