En la época dorada de Los Simpson, Homero fue el protagonista de muy buenas secuencias de humor. En ésta que recuerdo, entraba al Mini Súper Mercado de Apu y alegremente se ponía a leer revistas. Por supuesto, Apu no tardaba en echarlo de la tienda con la típica frase ¡Esto no es una biblioteca! que todos habremos escuchado alguna vez. En la siguiente escena, Homero está saliendo de la biblioteca de Springfield y se escucha a la encargada gritar ¡Esto no es una tienda de revistas!

Evidentemente es mejor verlo que leerlo, pero me sirve para ilustrar un punto.

El concepto de Librería está, casi inevitablemente, opuesto al de Biblioteca. Lo que tienen en común es la presencia de libros pero el mecanismo por el cual funcionan es muy diferente. La Librería precisa del dinero para sobrevivir, mientras que la Biblioteca, en esencia, da sin pedir nada a cambio. Comprar libros en una Biblioteca es imposible (un oxímoron) y leer en una Librería es, en la mayoría de los casos, causa de regaño y desalojo si se persiste. De manera sencilla, es así como funcionan las cosas. Lo interesante ocurre cuando, de manera excepcional, ambos lugares se fusionan, se olvidan de sus raíces y deciden convertirse en uno solo. Entonces ya no se puede hablar de Bibliotecas y Librerías, sino pensar en un nuevo término.

A mí no se me ocurre ninguno. Conozco un lugar que es el candidato perfecto para ser denominado con el nuevo término, sólo que no sé cuál puede ser. Lo que sí sé es que ese sitio, en el que trato de darme cita cada sábado, es exactamente lo que siempre imaginé cuando pensaba en la Librería ideal. Estoy seguro que debe haber algunas cuántas más como ésta alrededor del mundo y lo celebro, me encantaría conocerlas. Lo que me parece increíble es, sin duda alguna, tener una de ellas a unas cuadras de mi casa.

El Ateneo Grand Splendid se llama así porque ocupa el mismo espacio donde estuvo el teatro Grand Splendid, construido a principios del siglo XX. La librería conserva la fachada original, los balcones, el escenario y hasta la cortina de terciopelo. En sus cuatro pisos se arremolinan libros de todas clases, discos, películas y partituras. La música de fondo es variada, pero si uno se acerca a la cafetería puede haber alguien interpretando alguna pieza en el piano. Hay muchos otros detalles en El Ateneo, pero lo que me fascina es lo que pasa en los balcones laterales.

La gente lee.

En los balcones laterales hay sillones y una mesa atiborrada de libros. En los sillones hay personas, personas que están leyendo. Están leyendo los libros que sacaron de las estanterías o que tomaron de la mesa. Están concentrados en las hojas. No han comprado el libro pero no están nerviosos, ni escondidos, ni pensando que están haciendo algo malo. Están, sencillamente, disfrutando la lectura. He visto a personas leer un libro completo, devolverlo a la estantería y salir. He visto a personas tomar muchos libros y hojearlos para decidir cuál comprar. He visto jóvenes, adultos, mayores y niños.

Por supuesto yo he hecho lo mismo. Hace semanas que estoy leyendo un libro y es como disfrutar de una novela por entregas. El Ateneo, por ahora la única librería donde he visto tal celebración por el acto de leer, me parece un ejemplo. Aún no sé qué término sería el adecuado para describir ese hermoso lugar. Por ahora, me conformo con vivirlo.