Lo último que comí en tierras mexicanas fue una torta Hipocampo, en el local que está en la zona de comidas del Areopuerto de la Ciudad de México. Luego, ya en la zona del duty-free, tomé dos té chai fríos y con eso en el estómago me subí al avión de Mexicana.

Nadie se sorprende si en cualquier contexto se alude a la enormidad de la Ciudad de México. Es conocimiento general: la Ciudad de México es gigantesca. Sin embargo, la única manera de dimensionarlo es cuando, después de que el avión toma vuelo, las luces de la metrópoli se niegan a desaparecer. Cinco, diez, quince, veinticinco, cuarenta minutos y la ciudad, como el dinosaurio de Monterroso, todavía está ahí.

Mientras veíamos por la ventana cómo México se despedía de nosotros, Sol y yo cantamos nuestras canciones favoritas. Canciones que, por uno u otro motivo, significan mucho para nosotros y que, a falta de iPods, sólo nos quedaban nuestras voces para poder escucharlas.

Doce horas después el paisaje había cambiado radicalmente y Buenos Aires se materializó debajo de nosotros.

Debo confesar que yo estaba aterrado. Hacía poco que la Embajada de Canadá nos había negado la visa para ingresar a su país y, en lo profundo de mi ser, pensaba que Argentina no dudaría en hacernos lo mismo. En mi mente recreaba mil y un situaciones en las que todo salía mal y el oficial de Migración nos devolvía a México por considerarnos personas non-gratas. Volver a México sin haber estado más que en el areopuerto de Argentina era una posibilidad que, así como era de improbable, así me aterrorizaba y me producía una desagradable sensación en el estómago (si me preguntan, así es como debe sentirse el fracaso total).

En la fila de la aduana para ingresar formalmente a territorio Argentino, cuando faltaban un par de personas para nuestro turno, como mejor pude, escenifiqué una famosa escena de Lost, cuando Desmond da vuelta a la llave de la escotilla para evitar la catástrofe del botón. Tomé la mano de Sol y le dije: See you on the other side, brother.

Lo hice no porque estuviera convencido, sino para convencerme. Del otro lado, con mi pasaporte sellado, supe con certeza que lo habíamos logrado y que Argentina nos daba, calurosamente, la bienvenida.

Era el inicio de la primevara.