No queríamos dormir, nos queríamos comer el mundo. Así empieza una hermosa canción de Jorge Drexler que, aunque se refiere a una cosa completamente distinta a lo que voy a tratar ahora, la frase sola sirve para comenzar el post.

Sol y yo nos vamos a estudiar a Argentina, concretamente a la Universidad Nacional de Rosario. Lo tenemos clarísimo. Ambos conocemos, por aparte, el país y nos encanta: su gente, las ciudades, la comida, la cultura, los libros baratos. Hasta ahora, quizá porque estaba de vacaciones y fueron sólo dos meses, no puedo pensar en algo que me desagrade y por eso es el destino elegido para pasar dos años de nuestra vida estudiando la maestría. Las dos preguntas son ¿Cuándo? y ¿Cómo?

Hace unas semanas comenté sobre la convocatoria ofrecida por la Secretaría de Relaciones Exteriores para estudios de posgrado. Uno de los requisitos era la carta de aceptación de la Universidad que ofrecía la maestría y, aunque iniciamos la comunicación por correo electrónico, no pudimos obtener ese documento. Sin embargo, esto hizo que nos diéramos cuenta de dos cosas:

Una que Argentina es nuestro destino. Dos: que tenemos mucho presente aquí que estabamos dejando pasar por haber caido víctimas de un excesivofuturismo. Por ejemplo, no tenemos comida en la casa por pensar “Es que ya nos vamos a ir” cuando, realmente, si nos hubiesen otorgado la beca, aún faltarian tres meses de estancia xalapeña. Fue un veinte interesante. Las cosas aquí están yendo muy bien en todos los aspectos y creo que esto nos da la posibilidad de planear nuestra ida de una mejor manera, no a las prisas, no dejando ciclos casi cerrados.

Todo esto puede parecer una perorata de justificaciones (En cierta manera, todo lo que se dice o hace o escribe después de no haber conseguido algo, es justificativo), pero detrás de esto hay una sola certeza: el estudio de la maestría en el extranjero. Lo que hagamos, o dejemos de hacer, es para acercanos, de a poco, a esa meta. Planes no nos faltan.