Hay una teoría sobre la mejor manera de concebir la estructura de un cuento fantástico. Es la siguiente: Un cuento es una liga y la tarea del escritor es, en principio, fortalecer sus extremos, es decir, establecer las bases. Y luego comenzar a estirarla, poco a poco. La liga es la verosimilitud del cuento y el escritor debe llevarla hasta el extremo, exigir a la narración un punto máximo de tensión, su clímax, pero, y aquí está lo importante, evitar a toda cosa que la liga se rompa y nos golpee en la cara. Si eso ocurre, si la liga revienta, el escritor ha fracasado y por ende, el relato también.

Nunca se me había ocurrido aplicar esta teoría a la vida. Hasta que hace unos días, Sol y yo concluimos que las bases de nuestra historia ya estaban puestas, pero el relato se estaba volviendo aburrido, predecible. En algún momento, ya por olvido, ya por decisión consciente, dejamos de lado nuestro trabajo de estirar. Y nos dio miedo.

Ahora estamos conscientes al cien por ciento y hemos comenzado a jugar, desoxidando los extremos de nuestra liga. Queremos, como el mejor cuento del mundo, llevarla hasta su punto máximo de tensión, ser perfectos, únicos, trascendentes…