Los jueves me levanto ansioso. Voy a la escuela desde las ocho de la mañana hasta la una de la tarde con el pensamiento ocupado en lo que ocurrió y en lo que pasará. Al volver a casa, trato de ocuparme en algo para hacer la espera corta, aunque generalmente me dedico a la nada. A la espera. A las ocho de la noche el ambiente cambia. Me conecto a Internet y la gente de los foros comienza a volverse loca. Todos preguntando si falta mucho, aunque después de tantos jueves ya deberían saberlo. De repente, un mensaje anuncia que ha terminado. Minutos más tarde aparece una avalancha de enlaces. A las once de la noche inicio la descarga, que dependiendo de muchos factores, finalizará en una hora, hora y media o dos. A veces me quedo mirando como avanza el porcentaje, la animación: una hoja de papel que vuela del mundo a mi casa. Cuando la descarga termina, me voy a dormir. En el proceso falta un último paso, prescindible por experiencia pero no por tradición: durante la madrugada, un grupo de amables personas trabajará arduamente en un archivo de subtitulaje. Sol me convence de que no los necesito, pero es una costumbre ancestral y feliz, como el chocolate en invierno o el helado del verano. El viernes entro tarde a la escuela, pero es el día que despierto más temprano. Los subtítulos están listos.

Sólo falta sentarse y disfrutar del nuevo episodio de Lost.