Al fondo de la casa permanecían los restos de un chapoteadero. Era sólo la estructura, un rectángulo sumido en la tierra revestido con azulejos que habían resistido el paso del tiempo. La primera vez que lo vio, el día que su mamá y ella completaron la mudanza, Lucía se imaginó caminando en el agua, que no le llegaría más allá de la cintura. Sin embargo, Paula nunca mostró interés en utilizar la alberca así que Lucía tuvo que conformarse con saltar sobre los charcos que se formaban en el suelo después de la lluvia. Cuando se cansaba salía del chapoteadero y corría al segundo piso de la casa donde tomaba un baño y después pasaba el resto de la tarde jugando con muñecas en su habitación.

Una tarde, después de la lluvia, Lucía salió a corretear dentro del chapoteadero, protegida por sus botas de plástico amarillas. Paula la vigilaba desde la sala pero bastó que diera la espalda al ventanal por unos segundos, al menos eso le pareció, para que, al volverse, descubriera que Lucía había desaparecido. Sintió un escalofrío recorrer su espalda y ya estaba por correr al jardín cuando, del chapoteadero, vio surgir la cabeza de Lucía, que parecía ponerse de pie y miraba con atención algo que había levantado del piso y ahora sostenía entre sus manos. Paula suspiró y se olvidó del mal momento cuando, al poco tiempo, Lucía ya cruzaba el jardín hacia la casa para disfrutar del ritual del baño.

Lucía entró a su habitación. Antes de desvestirse metió la mano en el bolsillo de su abrigo y guardó lo que había encontrado en una pequeña caja de madera que estaba junto a la ventana. Su madre la observó a través de la puerta semi abierta del baño y esperó a que la niña estuviera en la regadera para abrir la caja. Dentro había una cría de tortuga que cabía en la palma de la mano. Miró el caparazón y las cuatro patas diminutas del animal, que no daba ninguna señal de estar vivo. Confundida, cerró la caja y decidió no cuestionar a Lucía.

Paula quiso ser lo menos cruel posible y aprovechaba las siestas de su hija para, una vez por día, revisar el estado del pequeño animal. Ignoraba todo sobre las tortugas así que sólo colocaba un recipiente con agua y lo retiraba antes de que su Lucía despertara. El agua complementaba los trozos de galletas y pasto que Lucía dejaba dentro de la caja. Paula no entendía por qué no quería revelarle que sabía su secreto pero se convencía de que la tortuga no sobreviviría por mucho tiempo y pronto la caja volvería a guardar lápices y colores en lugar de un ser viviente.

Aunque Lucía ya tenía una mascota no dejaba de ir al chapoteadero y Paula miraba la misma escena: Lucía de pie con la mirada fija en el suelo; Lucía esfumándose de su campo de visión, seguramente en cuclillas; Lucía reapareciendo, ya erguida, segundos después, con sus dos manitas juntas en forma de ovillo.

Un sábado, después del baño, Paula por fin se animó a preguntarle a la pequeña por su nueva mascota y por sus frecuentes paseos al chapotedero.

—Hay una familia de tortugas allí. Está la mamá tortuga y sus hijitos, que salieron de unos huevos —explicó Lucía—. Nunca había visto tortugas de verdad así que cuando las descubrí agarré una y la traje aquí.

—Pero en la caja sólo hay una tortuga. ¿Dónde están las demás? —preguntó Paula.

Lucía miró a su mamá, como sorprendida de que preguntara algo tan obvio.

—Abajo —contestó mirando la ventana.

—¿Dónde abajo? —preguntó Paula sin entender.

—En el jardín. Desde aquí arriba no se ven pero ahí están.

Paula imaginó a su hija sacando a la tortuga de la caja, bajando las escaleras y colocándola con suavidad sobre el pasto del jardín. Ansiosa por comprender la lógica infantil, continuó su interrogatorio:

—¿Y por qué traes una tortuga a tu cuarto sólo para llevarla al jardín al día siguiente?

Esta vez fue Lucía la que no entendió.

—No las llevo al jardín.

—¿Entonces?

—Las tiro por la ventana.

Paula pudo evitar un grito pero no que su mano, involuntariamente, cubriera su boca. Con voz más baja hizo su última pregunta:

—Lucía ¿Por qué haces eso?

—Quiero saber si alguna tortuga puede volar —respondió la niña mirando hacia la caja cerrada.